¿Qué sentido tiene estar vivo?


Después de afrontar varias depresiones, puedo decir que uno de los síntomas principales de esta enfermedad, de la cuál estoy tratando de curarme, es sentir que la vida no tiene sentido. Eso me sucedió en ese periodo que denominamos ‘ la crisis de los treinta', y desde entonces es un tema que sigue estando abierto, una pregunta que inevitablemente pone al que se la haga en un plano existencial, que más allá de lo romántico o filosófico, puede resultar siendo ciertamente desalentador dado el mundo en el que vivimos.


Si lo que digo suena subjetivo y catastrófico, debe ser porque realmente me siento un poco cansado de la humanidad. ¿Cómo es posible que uno reciba los golpes más fuertes por parte de los seres que más ama? ¿Cómo es posible que haya tanta guerra? ¿Cómo es posible que tengamos nuestro planeta en tan malas condiciones? ¿Cómo es posible que la gente vaya tan ciega por el mundo? ¿Cómo es posible que uno decida vivir y soportar una vida tan llena de cosas malas?


Sí, yo sé que el dolor es inevitable y que es parte de esta experiencia humana. Es decir, no tengo ningún tipo de conflicto con la espiritualidad, y creo que desde mi poca o mucha experiencia, a mi manera logro comprenderla, pero a pesar de eso es inevitable preguntarme: ¿qué pasa si uno decide no hacer el curso completo?, ¿qué tan bueno es vivir sabiendo que el dolor es inevitable?, ¿qué sentido tiene?, ¿en serio vale la pena? Y desde ahí también surgen un montón de preguntas existenciales, de esas que hacen los niños en cierta edad, como ¿por qué hay que trabajar en cosas que a uno no le gustan para ganarse la vida?, ¿por qué hay gente tan estúpida teniendo una vida privilegiada mientras otros mueren de hambre?, ¿por qué hay que hacer lo que dice la sociedad?, ¿por qué los perros duran tan poco tiempo?


Honestamente no me cabe duda que la humanidad está muy dañada, y eso me hace replantearme mi propia existencia. Sé lo que hay en mi alma, sé lo que amo, las cosas que quiero hacer, y aunque todo eso en algún momento fue una motivación, hoy en día siento como si ya hubiese hecho muchos intentos, como si llevara 32 años nadando contra una corriente que cada vez se hace más fuerte. Tal vez a eso me refiero cuando digo que me siento cansado, que no quiero salir, que no quiero hablar con nadie, o que simplemente no quiero existir.


Por otro lado, lo bueno de vivir con tanta ansiedad, de hacerse tantas preguntas, de tener tanto tiempo para pensar, o de reconocer la depresión y aceptar que se necesita ayuda, es que uno empieza a cuestionarse todo, lo malo y lo bueno, y probablemente empieza a ver las cosas desde otra perspectiva, y en mi caso, ponerse en una posición más sensible (o vulnerable) de lo normal. Tal vez por eso me dan muchas ganas de llorar cada vez que me abrazan, cuando me preguntan cómo estoy, o cuando me agradecen por esas cosas que escribo que describen lo que otros, al igual que yo, sienten. Tal vez por eso no tengo ganas de pelear, prefiero buscar un rinconcito para prender una vela, estar con mi propia mente y ponerme a escribir.


En esos intermedios, entre las preguntas que me atormentan y los descansos de mi alma, justo cuando me cuestiono sobre el sentido de mi vida, empiezo a acordarme de pequeños detalles que nada tienen que ver con los milagros, pero que definitivamente hacen que la vida, de vez en cuando, se vea más bonita. Valoro cada vez más el amor que me rodea y se hace evidente en los brincos de mi perro Salvador que corre a despertarme cada mañana, o las arepas que hizo mi mamá que le quedaron tan ricas, o la llamada de Daniela que solo quería saber si estaba bien, o el viaje de Stefy que vino desde otro país para visitarme y celebrar conmigo, o las conversaciones con mi hermana, o los ronroneos de Paris, mi gata, o los recuerdos de los días felices.


Es justo entre todas esas cosas cotidianas, que de repente todo empieza a cobrar un poco más de sentido y es inevitable, pese a todo, sentirse agradecido por la vida que uno tiene. Agradezco por lo atardeceres que he visto y me han puesto la piel de gallina, por los amigos con los que me he reído hasta llorar de felicidad, las comidas que me he disfrutado, los viajes, los logros cumplidos, la casa donde vivo, la familia que tengo, los animales que nos acompañan y nos aman, o cuando he visto a alguien disfrutando por hacer lo que le apasiona, las noches de fiesta, los días soleados o el arcoíris, la sensación del pasto en los pies, el sonido de los grillos en las noches, los fuegos artificiales, las carcajadas, las vacaciones, las sorpresas, el sonido de las hojas que uno pisa en los parque, y qué me dicen del olor del pan recién horneado…


Pienso en todas esas cosas maravillosas y siento cómo esos recuerdos y esos sueños se van transformando en un combustible que me ayuda a prender esa chispa que está dentro de mi y que yo pensaba que se había extinguido. En esos momentos, no necesito nada más que una película, un recuerdo, una idea, una canción, algo que me inspire, para sentarme frente a mi computador y empezar a escribir. Disfruto ver como mis dedos se mueven con su propia libertad, cuando cada palabra encaja perfecta y ligeramente, para contar mis cuentos, para desenredar mi mente tejiendo nuevas ideas, mostrándome a mí mismo cómo me siento.


No sé sí en este caso escribir sea esa chispa que le dé sentido a mi vida, los que sí sé es que cuando escribo siento que floto, como si me volviera de aire y mi alma adquiriera el poder de expresarse abiertamente, de mostrarme como soy, sin importarme si está bien o está mal. Por eso ahora tengo un propósito naciente, uno de vivir muchas cosas para escribirlas. Incluso he empezado a hacer un listado de los temas sobre los que quiero escribir, y las historias que tengo por contar, y todo lo que quiero mejorar para pulir este, que es mi don. Luego me detengo y caigo nuevamente en los cuestionamientos: ¿qué propósito tiene? Me pregunto ¿de dónde viene ese talento?, ¿desde cuándo lo sé? y automáticamente llega a mi otro de esos recuerdos que le dan sentido a todo: cuando era niño, escribía canciones, poesías o cuentos en un cuaderno viejo, y a mi papá le encantaba que se las leyera.


Finalmente, después de desechar lo malo y hacer un listado mental de todas las cosas lindas que tiene este mundo, me detengo nuevamente a pensar que tal vez debo ser agradecido por la maravillosa vida que he tenido, y por la que quiero tener. Me refiero a que ahora de verdad quiero estar vivo para conocer a los elefantes, recorrer nuevos lugares, enamorarme de nuevo, ir al teatro, sentir, inspirarme, escuchar música, conversar, ver más atardeceres, vivir otras culturas, tener nuevos amigos, probar cosas nuevas, jugar con olas y acostarme en las playas, ¡vivir! En resumen, quiero seguir viviendo para seguir escribiendo, porque la vida es muy corta como para no escribirla.




Y si llegaste hasta aquí y por alguna razón sientes que no hay nada por lo que valga la pena seguir luchando, por favor piensa en un sueño, por tonto que parezca, y lucha por él.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Volví a ver el amanecer

A la tristeza

Carta de reconciliación