Volví a ver el amanecer
El 28 y el 29 de diciembre, fueron los días en los que realmente sentí que toqué fondo, y lo único que pude hacer fue escribir. Después de eso, pedir ayuda no fue necesario, porque mi familia y mis amigos se pusieron al tanto, y se han encargado de rodearme con su amor para ayudarme a ponerle un nuevo color a este capítulo de mi vida y de alguna manera salir de ese lapso de depresión. Hoy, un par de semanas después, me siento honrado y agradecido al poder decir que escribir me salvó la vida, una vez más.
Además varias personas se han comunicado conmigo, algunas para agradecerme por expresarme y poner sobre la mesa un tema del que nadie habla, otras simplemente para empatizar, y algunas otras para contarme que se sienten igual, y que no saben qué hacer. Eso inevitablemente me hace cuestionarme, porque me da mucha tristeza ver que hay quienes que tal vez no son tan afortunadas como yo, porque no saben que están deprimidas, porque no saben cómo pedir ayuda, o porque simplemente están rodeados de seres que ven la vulnerabilidad como una especie de locura autoinducida.
Al preguntarme ¿qué puedo hacer?, no se me ocurre nada más que ofrecerme para charlar, escuchar, y hablar un poco desde mi experiencia. Por eso quiero aprovechar esta oportunidad, esta plataforma, para contar mi proceso y las cosas que he hecho para salir, poco a poco de ese hueco que parecía no tener escape, con la esperanza de que esto llegue a quien lo necesite, para que pueda ver que siempre hay una luz, que siempre sale el sol.
En esos días, en medio de tanta angustia y tanto dolor, lo único que pude hacer fue pedir ayuda en el silencioso y frío rincón de mi habitación, del cual no me podía parar. No me interesa entrar en un debate ideológico, ni explicar mis orientaciones religiosas o espirituales, solo sé, que ese día yo le pedí a Dios que me ayudara y justo eso fue lo que sucedió. Mi súplica fue clara y honesta: Dios mío, por favor muéstrame qué debo hacer y yo lo hago, pero no puedo seguir así.
Sonaría muy lindo si les contara algún relato místico o milagroso, pero la verdad es que ese día nada pasó, y lo único que pude hacer fue llorar y llorar, hasta que no tuve más lágrimas y me quedé dormido. Un par de días después, antes del fin de año, mi mamá me dijo que limpiaramos la habitación, y contra toda mi voluntad y su amable ayuda, lo hice. Al final de esa tarde, me di cuenta que había convertido mi cuarto en un basurero, y que sin darme cuenta vivía en un estado de indigencia dentro de mi propia casa. Ahí me sentí liviano y agradecido, porque con solo mejorar mi espacio, sentí que tuve un poco de paz.
Luego de eso, llegó el 31 de diciembre, una fecha que desde siempre ha sido importante para mi. Por eso ese día me esmeré, le puse la mejor actitud y pasé una noche increíble con mi familia y un par de amigos adorados. Esa noche, me sentí muy honrado y agradecido al ver tanto amor a mi alrededor y ese sentimiento se mantiene hasta el día de hoy. Estoy seguro de que mi vida no sería la misma si no tuviese la compañía de tantos seres humanos y animales tan hermosos.
Luego, poco a poco uno va volviendo a la normalidad, y en uno de esos días grises, me volví a sentir muy mal. Sentía tantas ganas de llorar que no podía contenerme, así que en un intento desesperado por encontrar un poco de paz, me fui para la iglesia (que no es un lugar que frecuente, honestamente) y después de desahogarme, nuevamente le pedí ayuda a Dios. Un rato después, volteé a mirar a mi derecha y vi uno de esos cuadros que cuentan las estaciones del viacrucis, decía: Jesús mira a su madre. Ahí sentí una especie de corrientazo, uno incómodo, que me hizo pensar inmediatamente en mi mamá. Su imagen me conmovió tanto que fue inevitable sentir aún más tristeza, tal vez por la melancolía del pasado, o por la ansiedad del futuro. El caso es que ese día, salí de la iglesia pensando mucho en mi madre, y poco a poco, pude entender que si yo quería ver cambios en mi, y en mi vida, tenía que sanar y mejorar mi relación con ella.
Pero ¿cómo puede uno “sanar” una relación de más de 30 años? No tuve ni siquiera que hacer la pregunta, porque desde ese día, he sentido cómo algo dentro de mí se encendió de nuevo, un sentimiento que poco a poco ha ido tomando forma y que ahora entiendo como compasión. Por fin entendí, que aunque los padres hayan sido los responsables de darle a uno la vida, no son los culpables de todo, porque ellos, al igual que uno, son seres humanos que cometen errores, y que el hecho de que uno tenga ciertas herramientas y pueda entender algunos aspectos esenciales, no los convierte a ellos en victimarios. Los padres, al igual que sus hijos, también están aprendiendo a vivir, y entenderlo fue sanador para mi.
En mi nuevo afán por escribir y encontrar mi camino a través de las letras, empecé a leer, a escuchar podcast, y me encontré (algo que no era un secreto para mi pero resultó ser un amable recordatorio) con historias de personas que sufren o han tenido episodios de depresión. Todas ellas hablaban de dos herramientas comunes que les ayudaban a mantener su estabilidad: el ejercicio y la meditación, ambas conocidas por mí. Así que, aunque no tuve ganas en ese momento, decidí que al día siguiente debía retomar.
Sí, entendí que no podía seguir postrado en mi cama, y que aunque no quisiera debía luchar por mi, así que desde ese día empecé nuevamente a ir al gimnasio, a meditar, a orar y a preocuparme por el orden de mi espacio. Con el pasar de los días, lo que ha sucedido es que he aprendido demasiado, no solo sobre la depresión y estas herramientas invaluables, sino sobre mi espiritualidad. De hecho, me atrevo a confesar que en medio de una meditación (probablemente la más intensa que he experimentado en mi vida), comprendí perfectamente lo que debía hacer: sanar la relación con mi mamá, seguir escribiendo y confiar, y eso es justo lo que he venido haciendo.
Ahora, con el pasar de los días, he desarrollado una especie de mantra que me ha ayudado a luchar contra los sentimientos negativos con los que uno se puede enfrentar en la vida cotidiana y en las relaciones humanas: mira hacia adentro. Por eso, ahora cada vez que siento esa pesadez, o cuando siento la necesidad de pensar, decir o hacer algo que yo sé que no va a traer nada bueno, simplemente me repito, “mira hacia adentro”, porque cuando miro hacia adentro, puedo ver mi alma y ese ejercicio me ha ayudado a entender que justo ahí, en el centro de mi existencia, de mi consciencia, está Dios.
En definitiva, siento que a través de este proceso he aprendido a ver la vida con más amor, a entender a los otros con compasión y a conectarme con mi alma, porque es ahí donde puedo encontrar mis respuestas, donde puedo hallar mi paz, donde puedo entender que esta vida que me fue regalada, merece ser vivida con pasión y amor y que eso depende única y exclusivamente de mi. Por eso, aunque sé que la depresión es un proceso no lineal, puedo decir que llevo varios días sintiendo un profundo agradecimiento por mi vida, por las nuevas oportunidades y por poder tener una nueva conexión con Dios, con el universo. Aunque no tenga certeza de lo que vaya a pasar, al menos hoy puedo decir que después de muchas noches oscuras, por fin volví a ver el amanecer.
Si llegaste hasta aquí y te preguntas ¿qué puedes hacer para mejorar tu estado de ánimo y tener un poco más de tranquilidad? Aquí te voy a dejar un listado resumido de las cosas que a mi me han funcionado.
Evita todo lo que te pueda desestabilizar, no consumas alcohol o drogas.
Organiza tu espacio, el orden te da tranquilidad.
Mueve tu cuerpo, baila, camina, haz ejercicio.
Toma duchas de agua fría y sal a recibir el sol. Incluso intenta caminar descalzo en el pasto.
Come bien, toma mucha agua.
Trata de consumir contenido que te aporte, hay mucha basura en internet.
Rodéate de personas que te den alegría y paz, conversar sana.
Encuentra un hobbie, algo que te emocione y disfrutes hacer.
Piensa en todas las cosas de tu vida por las que puedes agradecer, así sea una sola cosa, aférrate a ese sentimiento de gratitud con todas tus fuerzas.
Conecta con tu espiritualidad, puedes intentarlo de la forma en la que quieras, cuantas veces sea necesario. Al final todos los caminos conducen a lo mismo.
Date tiempo, ten paciencia y llénate de fe. Ten claro que todo va a estar mejor.
Comentarios
Publicar un comentario