Carta de reconciliación




Este es otro de esos días en los que no tengo más remedio que escribir, para sacar lo que me atora en la garganta, para exponerme o simplemente para confrontarme y asumir la verdad.

Es que estuve pensando, después de llevar muchos días con la cabeza puesta en otra cama, en otro cuerpo, en otro ser que no era yo, que me he pesado la vida entera buscando amor. Que triste eso ¿no?, suena como si fuese una persona de esas desdichadas que no tiene autoestima, o que no tiene familia o amigos.

Me siento peor cuando en medio de mi lloriqueo veo a mi perrita ya toda vieja, acercarse hasta el lado de mi cama moviendo su colita suavemente, mirándome con esos ojos brillantes como si me preguntara qué me pasa; me ama tanto que sabe cuando algo no anda bien, lo hace desde el día en que nació.

Y ni hablar de mi gata, que se me recuesta en el pecho y se pone a ronronear con toda su calma, mientras que mi mamá nos interrumpe tocando la puerta para traerme una arepa con café que hizo para mi, en su afán inexplicable de verme gordo, saludable, como siempre me ha mantenido.


Entonces me doy vuelta atrás, me voy entre las páginas de mi vida recordando las veces en las que he llorado por amor, y aparecen una por una: el día en que murió mi papá, cuando mi amigo de la adolescencia se tuvo que alejar de mi porque yo me enamoré de él, cuando mi primer novio me rompió el autoestima y el alma, o cuando mi último novio me pidió que termináramos porque sentía que ya no me conocía.

Uffff, han sido muchas las veces que he llorado por amor, y me da hasta vergüenza reconocer cuánto tiempo he perdido vagando por ahí, buscando un poco de eso, y al mismo tiempo fingiendo ante los demás que no me importa, ignorando ese otro amor que recibo sin darme cuenta día a día.

Luego de lamentarme y juzgarme un buen rato, me miro en un espejo imaginario. Ahí está ese niño de gafas, que siempre habla mucho, que sonríe y mete la cucharada en cada conversación, que habla con una sabiduría superior a su edad. Ese niño me mira con compasión, y luego se ríe de mí, ¡se burla de mi! Yo me quedo desconcertado, no entiendo por qué hace eso, y él con la mirada se encarga de explicarme que todo está bien.

Lentamente ese niño se va convirtiendo en mi propio reflejo. Es como el mismo niño solo que más grande, calvo por la cuarentena, con un piercing, barba, otras gafas y una que otra arruga. Entonces entiendo que yo sigo siendo él, y me abrazo por dentro, me reconforto, me perdono, me acepto y me amo, reconozco que me amo, que soy lo que siempre he querido ser, pese a todo.



Me quedo por un momento mirando las teclas sin saber qué escribir. Creo que ya no hay mucho más que decir, como si de repente hubiese entendido que el amor que tanto he buscado siempre ha estado ahí, en ese niño, en la mirada de mi perra, en el ronroneo de mi gata, en los cuidados de mi madre, en la preocupación de mi hermana, en las sonrisas de mi sobrino, en las llamadas de mis amigos, en las veces en las que he llegado sano y salvo a mi casa sin saber cómo, porque siempre hay alguien que cuida de mi.

Después de atravesar todas esas ideas, esas gotas llenas de sal, esos recuerdos que le pinchan a uno el corazón como espinitas de pescado, leo una a una las palabras que he escrito y encuentro paz. Les hallo sentido porque comprendo que no hay nada que buscar, porque me doy cuenta que hay mucho amor para compartir y porque ya sé lo que todo esto quiere decir.

Al fin encontré un título para este texto, lo llamaré: carta de reconciliación.

Todo está bien.

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