La depresión no es ningún cuento
Me cuesta entender con precisión cuánto tiempo llevo así. Probablemente un par de semanas, o un par de meses, o un par de años. Por eso me siento en el deber y la responsabilidad, —por mi, por las personas a las que les importo y sobre todo por quienes tal vez estén pasando por lo mismo y necesitan saber que alguien les entiende— de escribir para de alguna manera exteriorizar, procesar, explicar, mostrar, evidenciar (o el verbo que prefieran emplear), cómo me siento en este momento de mi vida.
Pero antes de hablar de mi y mis sentimientos, quiero poner un contexto, especialmente para aquellas personas que piensan que la depresión es “puro show” o una manera de llamar la atención, porque sí, se trata de una enfermedad, una igual de grave a cualquier otra, que debe ser tratada con el mismo cuidado y respeto:
“De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), alrededor de 2,5 millones de personas en Colombia, es decir, el 4,7% de la población, sufren de depresión. Esto es una cifra superior al promedio mundial, que es del 3,8%”. Y según la misma fuente: “cada año más de 720.000 personas fallecen por suicidio en el mundo, lo que equivale a aproximadamente 1.973 suicidios diarios”.
Si me preguntan cómo se siente la depresión, desde mi experiencia puedo decir que no se refleja necesariamente en una sensación física perceptible, más bien, cuando estoy deprimido siento como si mi energía estuviera cediendo ante el peso de la gravedad, al igual que mis sueños, mis ilusiones, mis ganas, mi fe, mi optimismo, mi sentido del humor… todo eso que soy y que la gente tanto ama de mi, se esconde. Me pregunto cuál es el personaje, el que los demás ven, o el que soy en este momento. Me voy perdiendo entre mis suspiros melancólicos, tratando de encontrar a alguien, algo, una voz, un mensaje, una ayuda divina. Necesito alguien que me salve, pero luego recuerdo que esto es algo que solo yo puedo entender, que solo yo puedo luchar y que además la vida es tan difícil que todo el mundo está tratando de lidiar con su propia existencia.
Entonces recuerdo que ya tengo un entrenamiento, que no es la primer vez que estoy aquí, por eso tengo las herramientas y sé exactamente lo que debo hacer: ejercitarme, meditar y esperar a que todo mejore. Pero no. Simplemente la gravedad no me lo permite, o tal vez no me da la gana, porque siento que he corrido muchas carreras en las que el suelo se vuelve de arena movediza y la meta se aleja cada vez más, mientras yo me voy quedando, me voy hundiendo, ahogándome en un profundo cansancio.
Por momentos pasa alguna cosa que me hace sentir bien, vuelven las ideas y encuentro un poquito de luz en medio de tanta oscuridad, y todo va bien hasta que llega un golpe de realidad y con él los recuerdos. Tal vez diciembre no sea el mejor mes para estar deprimido, pero tal vez sea simplemente inevitable. La melancolía que a veces es tan bella, se vuelve como una serpiente gigante que aprieta y me quiebra los huesos, como uno de esos abrazos que duelen mucho.
Me acuerdo cuando estaba pequeño, cuando salía a jugar todas las vacaciones, cuando no tenía miedo, ni deudas, ni carencias, ni traumas, ni tantos vacíos. No recuerdo antes haberme sentido tan cansado como me siento ahora, y entonces lo único que quiero es acostarme en mi cama todo el día para descansar de esta vida que no quiero vivir. Deben pensar que soy un vago, que no quiero hacer nada, pero realmente aunque tenga muchas ganas de luchar, aunque sea una persona muy valiente, simplemente mi cabeza no me lo permite. Es muy vergonzoso aceptarlo, porque miro a mi alrededor y veo tanto amor, tantos seres que están conmigo, pero simplemente no pueden entenderme y no pueden ayudarme. Me siento tonto y egoísta. Me veo como un perro que se obsesionó con su cola y da vueltas en círculo mordiéndose a sí mismo. ¿Será que los perros también se marean? ¿Será que la gente entiende que los perros furiosos probablemente no tengan intención de ser así?
Quiero llorar y gritar, salir corriendo, cerrar los ojos, descargar todo, dejar que todo pase, quedarme en silencio y bailar, y correr y cansarme, cansarme mucho para nuevamente dormirme y caer en esos sueños profundos, esos sueños en los que no pienso tanto, en los que no siento tanto, en los que no me extraño, en los que encuentro un poquito de paz en medio de toda esta locura que me tiene tan enfermo. Además cuando estoy despierto me desconozco, de hecho evito mirarme en el espejo porque en mi mirada no veo la luz que tenía antes, es como si mi corazón se hubiese nublado con una capa espesa de humo, que poco a poco va dejando una costra dura e impenetrable que va a apagando mi luz.
Trato de hablar de esto con naturalidad, pues sé que es algo que le sucede a muchas personas, y creo que definitivamente no se puede esconder, pero al mismo tiempo no quiero preocupar a nadie; entonces me resulta más práctico alejarme de todo un poco, para luego volver a hacer mi aparición triunfal, como siempre. Mi pobre mamá no lo entiende y piensa que la odio, y eso me llena de una profunda pena y de rabia, siento mucha rabia porque estaría mucho mejor en su útero, o en sus brazos como cuando era pequeño, como cuando no me le había salido de las manos y era ella la que me podía proteger del mundo. Eso es algo que ya nunca más podré tener.
Lo más triste de todo es que hace un año estaba en una situación muy similar, solo que en esa ocasión sí tenía un poquito de fe, sí había un poquito de esperanza, o al menos un poquito de ganas. En cambio ahora, siento que no tengo fe, ni quiero tenerla, porque no creo que sea capaz de asumir otra desilusión de mi mismo. Es muy doloroso correr contra las paredes intentando derribarlas una y otra vez, para luego sentirme tan golpeado, tan lastimado, y entender que no basta conmigo mismo para lograrlo, que tal vez mi destino no sea tan prometedor y maravilloso como siempre lo soñé.
Tal vez yo solo sea un síntoma de todas las cosas feas y malas que pasan en el mundo. Me consuela pensar que esta es otra consecuencia el cambio climático me afecta a mi también. Lo digo porque a veces estoy seco, sin una lágrima, árido, sin vida, y de un momento a otro se me viene un torrente de lágrimas, ríos y mares de lágrimas que lo inundan todo, que no puedo controlar, que luego se acaban y me dejan nuevamente seco. Y ni hablar del hambre, como si en mi espíritu habitara todo el hambre del mundo. Luego me detengo a pensar en esto y me siento egoísta y cruel, como todos los seres humanos, que se ahogan en sus propias miserablezas, sin poder mover el cuello lo suficiente como para comparar su existencia con la de otros seres que verdaderamente tienen una vida de la que no pueden escapar.
Lo más paradójico de la humanidad, es que cuando pierdo por completo la fe, en todos y principalmente en mí, llega la gente que me ama, para recordarme por qué estoy aquí, por qué no me puedo ir aún así quiera cerrar el telón. ¿Cómo voy a querer morirme si tengo tantos seres que estarían dispuestos a dar su vida por mi? No puedo ser tan egoísta como para tomarme un tarro de pastillas, como si nada, esperando que los demás continúen su vida sin mí, como si nada. Además me atormenta pensar en que no sé con qué me voy a encontrar más allá, y esa cobardía es lo que de alguna manera me hace mantenerme aquí, preso.
Aquí es donde después de conversar un buen rato con alguien, me encojo de hombros y concluyo con un “pero bueno”, una expresión tan colombiana, tan inocente y tan tonta, pero al mismo tiempo tan reconfortante, que nos hace entender que no hay más remedio que arremangarse la camisa, limpiar el charco de lágrimas, y seguir. Hay muchas cosas que quisiera hacer y no puedo, pero lo que sí puedo, es agradecer y pedir perdón.
Así que perdón por no poder estar si me necesitan en este momento y discúlpenme si no soy una buena compañía. Lamento mucho si en medio de mi crisis existencial, el monstruo que me habita ha afectado a alguien con mis palabras o mis actos. Espero poder encontrar una solución pronto y ponerme bien para poder ayudar a otros que seguramente también lo necesitan.
Gracias por las llamadas, los mensajes, las sorpresas, los regalos, las invitaciones, las charlas, las conversaciones, los abrazos, las oraciones, las sonrisas. Gracias por querer ayudarme, por estar pendientes de mi. Gracias por amarme tal y como soy, por apoyarme en mis locuras, por reírse conmigo cuando me río, por las fiestas, las cenas, las celebraciones. Gracias por sacar tiempo de sus vidas para mi, o simplemente por preguntarme cómo estoy, porque esos pequeños y genuinos gestos de amor, son velas que se encienden en mi oscuridad para mostrarme que aunque no lo pueda ver ahora, aún hay luz.
Si llegaste hasta aquí, quiero darte gracias por leer, pero sobre todo quiero que sepas que nunca estamos solos y que está bien pedir ayuda, sea cuando sea que la necesites.
Amo cada una de tus palabras! Creo firmemente que la vulnerabilidad nos hace fuertes aunque se crea lo contrario, te admiro y te amo!
ResponderEliminarTe leería mil veces más 💖
Aquí seguiré, escribiendo para ti y para todas las personas que valoramos la vulnerabilidad. ¡Gracias por leerme!
Eliminar“Pero bueno” efectivamente muchas veces cerramos conversaciones que nos agobian con esta frase, porque realmente es muy difícil encontrar una razón o una respuesta a este tipo de situaciones que nos atormentan; esta frase se topó conmigo en muchas ocasiones, es por esto que me siento muy identificado con tus palabras. Hablar de este tema no es fácil, pero es necesario. Espero estar contigo muchos días de mi vida, escucharte y abrazarte. Te amo! ❤️
ResponderEliminarAquí estamos, para hablar de las cosas que a veces simplemente se nos van curando en el silencio. Gracias por leerme, ¡te amo!
Eliminar