La gran historia de Dona

Cuando tenía 15 años yo era un pelado con muchos sueños y unas ganas infinitas de hacer las cosas bien. Sin embargo, a pesar de eso, mi juventud estuvo muy nublada por una serie de carencias, ausencias e incertidumbres que durante mucho tiempo me impidieron crear relaciones amistosas verdaderas.

Pese a mi intranquilidad, mis dudas, mi inconformidad y mis miedos, mi juventud también estuvo llena de buenos recuerdos, y uno de ellos, uno de los más lindos, sucedió justo el 25 de noviembre del 2008, el día en que nació uno de los seres más hermosos que he conocido.

Mi perrita Tana, que para ese momento tenía alrededor de 2 años, iba a ser mamá. Aunque yo ya sabía lo que iba a suceder, jamás imaginé ser testigo de un momento tan único y especial. Eran como las seis de la mañana cuando de repente un ruido me despertó (cosa que no es para nada fácil); se trataba de un chillido, de un cachorro, una vida que había llegado a mi cama mientras yo dormía.

Lo primero que hice fue levantarme como loco, lanzar las cobijas al piso para entender de alguna manera lo que estaba pasando. Cuando al fin vencí el sueño, me percaté de que ahí se encontraba un pequeño cachorro negro con una manchita blanca en el pecho y la colita enroscada, y junto a él o ella otros dos más.

Lo único que se me ocurrió fue acomodarlos a los tres cachorros junto con su mamá, en una cama que había dispuesto para ellos, sin saber que en camino venía uno más. Todo sucedió muy rápido, hubo muchos nervios, mucha confusión, pero al final del día todo había salido muy bien. Tana, mi perrita, había dado a luz 4 cachorros negros como ella, un macho y tres hembras. Una de ellas, la de la colita enroscada y la manchita en el pecho de inmediato se robó mi corazón y supe que ella debía quedarse conmigo.

Mi mamá, quien muy a su manera ha tenido que lidiar con mi amor por los animales, me dijo que no nos podíamos quedar con ningún perro más, pero yo con mi terquedad y mi rebeldía hice todo lo posible para llevarle la contraria.

Poco a poco los cachorros empezaron a irse, pero ella, la que yo había escogido, dejó de ser la más grande y fuerte de la camada para convertirse poco a poco en un foco de pulgas y hongos. Por alguna razón esa perrita se enfermó, lo que hizo que nadie la escogiera y que sin querer queriendo se terminara quedando en nuestra casa.

Hoy, 12 años después, esa cachorra sigue viviendo en la misma casa, y aunque Tana ya no está y los años han hecho de las suyas, el amor que sentí al verla por primera vez aún se conserva.

Esa perrita de la colita enroscada que nació en mi cama y que se robó mi corazón desde el primer momento es Dona, una Pincher de ojos saltones, que siempre tiembla como si siempre estuviera muriendo de frío, que le ladra a los hombres y que me ha regalado el amor más puro y real que jamás he sentido.

Gracias a sus atributos físicos, mi pobre Dona siempre ha sido blanco de burlas, críticas y apodos como “ratica” o “murciélago”, cosa que a ella seguramente no le ha importado y que yo con el tiempo he aprendido a disfrutar, porque sí, debo admitir que mi perra no es la más hermosa del mundo pero es mía y eso es suficiente.

Pese a su tamaño diminuto y los miles de achaques que ha tenido que superar, Dona ha sido un ser muy valiente, tanto que una vez mató dos ratas y se la ha pasado defendiendo y cuidando el patio de la casa de cuanto gato callejero se atreve a cruzar. Pero no solamente allí es donde radica esa valentía de la que hablo, sino también en las veces en las que ha logrado vencer a la muerte para seguir alumbrando esta casa con su amor.

Por eso hoy, de la manera más ridícula, como si se tratara de una hija humana que cumple años, yo decidí celebrar su vida, porque aunque ella no lo entienda y seguramente no lo vaya a recordar, yo quiero inmortalizar este momento, este día en el que mi perra, contra todo pronóstico, llegó a sus 12 años.

Además de celebrar su vida, hoy busco, de alguna manera, agradecerle por todas las cosas maravillosas que me ha entregado con el simple hecho de existir. Quiero expresarle mi profundo amor, el mismo que ella me ha hecho sentir cada vez que no encuentro un lugar en el mundo para mi, cada vez que he querido morir, cada vez que he llorado, o cada vez que he sentido que no soy objeto de amor, porque con su mirada y su necesidad de estar siempre presente, me ha dado mucho más que cualquier ser humano.

Aunque sé que el tiempo avanza y que lastimosamente no voy a poder estar con ella para siempre, hoy y siempre disfruto y disfrutaré de la grandeza de su amor, de esa sabiduría que ha ganado con los años, de los recuerdos que ha dejado en mi alma y del gran privilegio de haber conocido un amor que supera la vida y la muerte.

Hoy celebro su manera de pedir comida todo el tiempo, el sonido de sus paticas en toda la casa, sus arrunches, sus berrinches, sus brinquitos de alegría, sus gestos, sus vestiditos, sus picos, sus travesuras, sus orejas paradas, su colita corta, sus tumores, sus cataratas, su mal aliento, su mirada tierna y sus ojos llorosos. Hoy celebro todo lo que es y todo lo que nos da.

¡Feliz cumpleaños Donga! Te amo y te amaré esta vida y las que están por venir. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Volví a ver el amanecer

A la tristeza

Carta de reconciliación