Celebrando mi diversidad





Desde siempre he tenido una particularidad y es que no puedo mentirme a mi mismo. He sido mi mejor amigo y mi peor juez, mi cómplice y mi propio enemigo. Por eso, tal vez, desde muy joven entendí ciertas cosas, como que había venido a este mundo con un propósito importante, que había magia en mi, y también que estaba lejos de ser eso que la gente conoce como alguien normal.

Hace poco recordé, con tristeza, una extraña sensación que me invadía el pecho. Era algo no solamente emocional sino también físico que me resulta complejo describir. Se parecía a esos corrientazos fríos que le recorren a uno el cuerpo cuando le dan una muy mala noticia, solo que en mi caso eran espontáneos y me producían en lo profundo de mi pecho una taquicardia inconsciente que me cortaba el aliento aún cuando mi cuerpo seguía funcionando con normalidad. Era sentir permanentemente que alguien muy pesado se sentaba sobre mi.

Durante muchos años de mi vida no fui consiente de esa sensación, pero luego, ya en mi adultez, analicé lo que sucedía y comprendí de donde venía, o mejor, cuando aparecía. Debo confesar que al escribir esto siento un poco de tristeza y nostalgia por ese niño, que se sentía mal y no entendía por qué. Aún lo puedo ver, puedo sentir su dolor y esa sensación regresa a mi instantaneamente. Por eso desde este futuro abrazo a ese niño, lo consiento y le digo que es maravilloso, que lo amo y que no tiene por qué temer, por que yo estoy con él. Se lo digo ahora porque esas fueron las palabras que siempre esperé recibir. 

Crecí en medio de una familia tradicional, con ciertas carencias, con amor, pero con un montón de estándares que aún me pesan. Mi papá, que murió hace 18 años, fue un hombre maravilloso, paisa, buena gente, amante de las tetas y tomador, que me amaba por ser su inesperado hijo varón y que seguramente soñaba con que me gustaran el fútbol y las tetas tanto como a él. Mi mamá, por su parte, siempre ha sido maravillosa, una ama de casa ejemplar, que me consintió y me fortaleció esta fragilidad que aún conservo, siempre preocupada por la opinión de los demás, por darme lo necesario  y sobre todo por inculcar en mi las buenas costumbres; y ni hablar de mi hermana, la única y la mayor, diez años mayor, quien desde el instante mismo en que supo que iba a ser hermana me hizo una promesa de estar conmigo siempre, de cuidarme, de apoyarme, de protegerme y de amarme como su más grande tesoro. 



Fui afortunado porque siempre tuve el amor de mi familia y durante muchos años fui el centro de atención, el menor de los primos, el que lloraba por todo, porque en el fondo de su consciencia sabía que encontraría unos brazos en los cuales refugiarse, pero que también lloraba porque era sensible, porque no le gustaba el fútbol como a los otros niños, el que prefería ponerse a bailar canciones de Shakira en vez de jugar videojuegos, el que no le gustaba ensuciarse las manos jugando pikis, el que sabía, incluso cuando aún no lo entendía, que le gustaban los hombres, que era gay.

Esa sensación del peso en el pecho reaparecía cada vez que yo sentía que no quería hacer algo que se suponía debía hacer, como pedirle el cuadre a Milena, como jugar un partido en el colegio, como ser hincha de un equipo, o todas esas cosas que debemos hacer los hombres de verdad, los que no son raros. Luego esa sensación horrible reaparecía cuando en una reunión familiar sonaba "Simón el gran varón" de Willie Colón, o cuando la gente hablaba de esos tales maricones, y yo me sentía muy mal porque sabía que eso era justo lo que yo era.

Cuando ya entré en mi adolescencia y tuve edad suficiente para entender que era homosexual, lo primero que pensé es que nadie podría enterarse y que por siempre iba a estar solo, pues en mi mente no concebía la idea de estar con alguien de mi mismo sexo. La sensación en el pecho reaparecía cada vez que pensaba en mi familia, no quería decepcionarlos y muy en el fondo sabía que no me iban a apoyar. Era frustrante para mi ver como todos mis amigos empezaba a disfrutar del amor, con sus novias de colegio, haciendo tonterías en las fiestas, mientras yo me quedaba encerrado en mi casa, en mi closet, porque no tenía ni la menor idea de cómo salir de ahí.

Pero todo ese sufrimiento, ese malestar constante, llegó a su fin cuando tenía 17 años, cuando crecí un poco y me rebelé. Por esa época entré a la universidad, empecé a beber y conocí nuevos amigos, como Silvia, quien fue la primera persona en el mundo que me hizo sentir -después de varias cervezas- la confianza suficiente para contarle que era gay. Ese momento es uno de esos inolvidables, porque pude percibir cómo ese peso que durante toda mi vida cargué se desvanecía de mi pecho. Ese día me liberé y lo que sucedió fue que me volví adicto a esa sensación, a esa satisfacción de mostrarme tal cual soy, de mostrarle a las personas que me rodean que soy real y digno de respeto.

Por esa misma época conocí a Camilo, alguien igual que yo, joven, con ganas de experimentar y de vivir, quien poco a poco se convirtió en mi mejor amigo, mi hermano de la vida, mi compañero en las aventuras más memorables y los momentos más complejos. Con él fui por primera vez a una marcha del orgullo gay y aunque ya lo intuía ese día confirmé que el mundo estaba lleno de personas como yo, y que por lo mismo no tenía nada que temer. Así fue como decidí contarle a mi familia que era gay, y un mes después un 7 de julio, de una forma casual y espontánea (digna de mi) les dije la verdad. Haciendo una retrospectiva puedo darme cuenta que paradójicamente las únicas dos personas en el mundo que me han hecho sentir culpable o mal por ser gay han sido las dos mujeres que más amo, mi mamá y mi hermana, pero esa herida ya cicatrizó, porque con el pasar de los años, con amor y paciencia, ellas también han hecho su propio proceso y me han ido aceptando y entendiendo tal y como soy, y aunque, por ejemplo, no les guste mucho este tipo de declaraciones tan públicas de mi parte, lo saben entender, me aman y me apoyan incondicionalmente. 



Luego de que le conté a mi familia que son las personas más importantes en mi vida, ese miedo desapareció por completo y me volví aún más adicto a esa sensación de salir del closet. Sin querer empecé una lucha propia, una íntima, pacífica y personal, que tenía un único objetivo: ser aceptado y mostrarle al mundo que ser gay no es un error. Sabía que las personas merecían la oportunidad de entender, de comprender cosas que nunca nadie les enseñó, y para eso, tal vez, estaba yo. Ahora puedo decir que cuento con un montón de amigos, algunos "exhomófobos" y otros iguales a mi. Todos ellos han sido personas que me han aprendido a querer y a admirar desde la empatía, que me respetan y que dan todo lo que tienen a su alcance para verme feliz. Son ellos quienes me han permitido contarles mi historia, mostrándome siempre tan imprudente, tan espontáneo y todas esas cosas que implica tener un corazón transparente. Son ellos quienes simplemente me han conocido para darse cuenta de que soy un ser humano igual a todos los demás.

Ahora han pasado ya casi diez años desde que esta aventura comenzó y la verdad es que no me arrepiento jamás de haber tenido el coraje que he tenido; me he convertido en un hombre que sabe muy bien quién es, una persona feliz, transparente y receptiva, consciente de que todos podemos hacer lo que queramos en nuestra vida siempre y cuando no afectemos a nadie. He sido afortunado al conocer la diversidad y he experimentado sensaciones de todo tipo, he vivido intensamente, sentido la alegría y el dolor, he conocido miles de personas, muchas pasajeras y otras tantas permanentes, y he crecido constantemente, aprendiendo cada día una cosa diferente de mi y sintiéndome siempre feliz y orgulloso de ser quien soy. He sido un hombre afortunado que gracias a la incondicionalidad y el amor, nunca más tuvo que regresar al closet.

Por eso ahora me atrevo a contar la historia, porque puedo hacerlo y porque es un motivo de orgullo para mi. También es una forma de honrar a aquellos que hace 50 años, aún sin tener los mismos privilegios que mi generación tiene, levantaron sus voces para hacer que este camino fuera transitable para todos y también para aquellos que aún no han contado con el coraje para poder reconocerse como son o a los que simplemente aún no se les ha permitido ser. He aprendido que expresarse es una necesidad humana, y por eso lo hago cada vez que siento la necesidad; ahora solo espero que en un futuro no muy lejano el mundo sea un lugar en el que todos podamos hacer esto que yo hoy estoy haciendo, uno en el que todos seamos respetados no solo por una orientación sexual, un género o un color de piel, sino por el hecho de ser lo que somos: humanos.

Camilo Ramírez Hurtado.

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