Carta a New York


Hola NY

Sabia que teníamos esta conversación pendiente, pero siempre andas tan ocupada y yo tan distraído que prefiero hablarte a mi manera, escribiendo. 

Esta más allá de una declaración de amor es una despedida, una más de tantas que me han tocado en esta vida. Corresponde a ese deseo casi incontrolable que siempre siento de expresarme, y es que a pesar de todo me siento en deuda con vos y no podría irme sin pronunciar una sola palabra.

Antes de conocerte tenía muchas expectativas porque ya varios amigos me habían hablado de ti, me habían dicho que eras hermosa y que eras perfecta para mi. Como nací con el corazón acelerado y la impaciencia en los párpados, yo les creí, salí corriendo de casa, tomé un avión y desde los más alto salté sobre ti y aunque engañé a todos mostrándome tranquilo y sin ansiedad la verdad es que me moría de nervios y francamente esperaba todo. Me imaginé una vida maravillosa con vos y en vos, porque pensé que en ti encontraría mi refugio, las respuestas, el relleno a los vacíos existenciales, esos de los que a ti te sobran.

Nunca me voy a olvidar del día en que te conocí, porque llegué con la mejor energía, con el corazón acelerado para encontrarme directamente con tu cara más fría y desagradable. Estabas desarreglada, congelada, impenetrable, lo que causó en mi una sensación de incomodidad enorme y de inmediato me hiciste sentir que tú no eras la indicada. Debemos reconocer que esa fue una terrible primera cita. 

              

Luego de un par de días quise darme por vencido. Pensaba que tal vez todo esto había sido una locura, que jamás debí conocerte, que nuevamente mi ansiedad y mis ganas de huir me habían puesto en la boca del lobo. Pero justo antes de cortar con vos, dijiste algo que me hizo detenerme: “al parecer lo tuyo son las chicas fáciles cariño, pero yo no soy una de esas”.

Esas palabras fueron la sentencia, la declaración de una guerra de egos que estaba por comenzar, porque pensé que tú no podías quedarme grande y sencillamente te me volviste un reto. Empecé a verte con otros ojos, a analizarte, a entenderte, y poco a poco fui viendo tus cambios. Conocí tu historia, recorrí todo de ti de arriba a abajo,en tus orillas, a través de esas arterias que se esconden debajo de tu piel, a conocer esos senderos que te componen y entonces le hallé la explicación a muchas cosas, porque claro, todos tenemos nuestros demonios y tú te encargaste de mostrarme los tuyos, los más fuertes, esos que también sacaron los míos de paseo.

Me hiciste enfrentarme a mis peores miedos, me hiciste sentir solo, vulnerable y débil. Me empezaste a volver tan loco que incluso llegué al punto de preguntarme si todo esto a lo que llamamos vida tiene sentido. Y justo cuando estaba en el borde de ese rascacielos tan alto, listo para saltar, tu me agarraste por la cintura, me abrazaste y lo único que me dijiste al oído fue: “déjate llevar”. Entonces entendí que tú me salvaste la vida y esa es justo la razón por la que yo debía llegar hasta ti. 

Decidí dejar de preguntar, de pensar y simplemente seguí tu consejo. Aprendí a dejarme llevar y eso me hizo relajarme un poco más con respecto a vos. De alguna manera te bajé del altar, porque me di cuenta de que tampoco eras el sueño de perfección que yo creía. Entonces empecé a ser un poco más frío, porque recordé esos viejos amores que me dieron todo lo que tú jamás podrás darme. Me sentí muy estúpido por haberlos dejado, pero al mismo tiempo entendí que de no ser por ti probablemente jamás habría entendido algo que ahora es una certeza para mi, ese placer que encontraba sin saberlo en las cosas simples de la vida, aunque ya sabemos tú de simple no tienes nada. 

                

Poco a poco comenzamos a llevarnos mejor, al final los dos ya nos habíamos mostrado lo peor de nosotros pero faltaba lo mejor. Empezaste a ser más cálida, me abrazabas de vez en cuando, me llenaste de tulipanes (qué son mis flores favoritas), me llevaste a tus rincones preferidos e incluso me presentaste a tus amigos, que ahora son míos también. Me abriste los ojos para encontrarme con escenarios maravillosos, me diste dinero, regalos y sorpresas, me hiciste ir al teatro, a restaurantes, a museos y hasta me llevaste de fiesta, de esas locas y descontroladas que tantos nos gustan. Si algo tenemos en común es el ser nocturnos, así que esas noches en las que me hacías sentir tan a gusto, tan seguro, arropado por esa sensación de que en ti nada malo podía pasarme, fueron el escenario perfecto para disfrutarnos y acercarnos cada vez más. 

De vez en cuando me soltabas preguntas que retumbaran en mi cabeza, y me hiciste aprender a valorar tu libertad y tu sensatez. Hablabas todo el tiempo de temas que para muchos pueden ser controversiales y me convenciste de que la gente en realidad tiene derecho a hacer lo que le venga en gana sin sentirse mal. Me hiciste sorprenderme más de una vez y me retaste a superar metas que ni yo mismo contemplaba. Tu afán, que era algo que también teníamos en común, me llevó a apreciar aún más la calma, y poco a poco me convertiste en alguien paciente y relajado. 

Tenías ese no sé qué que no me permitía convertirte en parte de mi; tal vez fue por tu libertad o tu rebeldía que jamás pude sentirme acompañado cuando estaba contigo, pero también me diste el espacio de conocer personas que me salvaron de esa soledad, de esa sensación de no pertenecer. Me hacías recordar todos los días a mi familia, a mis amigos, a las personas de mi anterior trabajo. Me hiciste aprender a extrañar, a querer desde la lejanía y sobre todo a entender que cada día puede ser el último y que no hay tiempo que perder.


Así fue pasando el tiempo y llegó el punto en el que me sentía tan bien contigo que encontré en ti un refugio, un hogar, un lugar seguro. A pesar de tu frialdad y de ser tan distinta a mi, me hiciste sentir bien siendo quien soy, el chico colombiano, latino, que habla el inglés a media lengua con un acento que te parece divertido. Creo que en algún momento aprendimos por fin a hablar el mismo idioma. 

Finalmente ya no quedaba nada de esa chica fría que había conocido, aprendí a interpretar tus cambios de humor y también me sentí identificado con esa personalidad cambiante que nos llevaba a estar en emociones extremas en un mismo día. Entendí que probablemente estábamos locos y eso era maravilloso, porque éramos libres, tan libres como para sentirnos inmortales, porque todo lo que trajera el futuro simplemente no nos importaba. 

Ahora solo se trataba de ti y de mi, y tu temperatura subió tanto que quemaste mi cuerpo y eso me gustó. Pero justo cuando estábamos en ese punto, en el que por fin había podido entenderte, justo cuando te acepté tal como eras con todas tus cicatrices y defectos, cuando empecé a disfrutar todo de ti, cuando te hice mía, me di cuenta de que esa sensación del primer día era la verdad: no estábamos hechos el uno para el otro. 


Te aprendí a conocer a tal punto de que sabía que en algún momento no muy lejano llegarías al lugar inicial, al mismo frío y con él mi depresión, y la verdad es que no estaba dispuesto a pasar por ello nuevamente. Entonces un viejo amor regresó a mi mente y me sacudió el corazón, empecé a extrañar tanto a esa chica que no pude dejar de pensarla, su nombre es Bogotá. Recordé que siempre estuvo ahí para mi, que fue ella la testigo de mis triunfos y mis fracasos y que gracias a ella soy quien soy. Me di cuenta de que ella es mi verdadero hogar y mi refugio, y aunque puede que no sea tan bella, tan elegante, o tan de mundo como tú, siempre me ha ofrecido lo mejor. Esa chica siempre me ha sonreído y los recuerdos que tengo en mi mente y en mi alma gracias a ella son tesoros que ni tú ni nadie me podrán dar nunca. 

Eso nos llevó a un lugar que no es nada nuevo para mi: el desencuentro. Y aunque odio las despedidas ya estoy acostumbrado a ser yo el que se va. Esta vez me voy de ti, porque debo ir a luchar por mi gran amor, a recuperarla, a valorarla más y a recibir todo el cariño y las cosas maravillosas que en ti jamás podré encontrar. 

Eres esa chica extravagante, rebelde y obstinada que me enloqueció, esa aventura que me confrontó, que me aceleró el alma y sacó todo de mi, lo bueno y lo malo. Eres una chica que jamás voy a olvidar, y si algún día te vuelvo a ver te abrazaré y te besaré, porque aunque me cueste admitirlo hoy, en el momento de mi despedida, debo reconocer que yo también me enamoré de vos. 

Gracias por todo New York. 














Comentarios

  1. Wow, wow y wow me quede sin palabras al leer esto, te soy sincera es la primera vez que me tomo el tiempo de leerte con tanta paciencia, Camilo eres un artista, hablas con el corazón y me Encanta Dios Bendiga ese don que tienes... estas para grandes cosas y aquí en Nyc dejas muchas personas que te quieren. KEEP GOING!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Volví a ver el amanecer

A la tristeza

Carta de reconciliación