Del era al ser



Los que me conocen de verdad saben que soy una persona que en realidad se preocupa por saber quién soy. Me analizo, me reviso, me observo, me doy palo y me idolatro, siempre en una búsqueda constante de mi propia verdad.

Esa manía me ha llevado a conocerme bien, a mostrarme como soy y a entender que pese a mi espíritu aventurero y la tuerca que se me perdió por ahí, a veces el cambio me cuesta, pero como soy consciente de ello, he aprendido a entenderlo e incluso a preverlo, porque es algo que siempre va a suceder y no tengo más remedio que afrontarlo.

Y es que los cambios externos suceden todo el tiempo. Es apenas natural, en un mundo en el que cada ser representa un universo completamente diferente. Este año, por ejemplo, mi vida cambió por muchas circunstancias: cambié de trabajo, dejé de ser el bebé consentido al decidir irme de la casa de mi mamá y conocí personas increíbles. Todo fue positivo (afortunadamente) y llegué a ese punto en el que uno se puede sentar tranquilo y decir, ‘todo está bajo control’.

Pero por ahí he escuchado (y aprendido) que a veces la calma anuncia el huracán, y sin darme cuenta, eso fue exactamente lo que sucedió. Creo que me pasó algo parecido a ese momento en el que uno va en una balsa disfrutando y luego cuando esta se detiene uno se marea y no tiene más remedio que vomitar.

Justo en el momento más tranquilo de mi vida después de mucho tiempo, cuando podía estar en calma, cuando todo se había estabilizado y podía por fin ver materializadas muchas cosas que a mis 24 años había soñado, por dentro la sangre empezó a correr más rápido.

Soy partidario de que los hombres reaccionamos tardíamente frente a ciertas situaciones, como el despecho por ejemplo, en el que a diferencia de las mujeres que primero lloran, sufren y poco a poco van recuperándose y poniéndose bonitas de adentro hacia afuera, los hombres afrontamos cierto tiempo después y sencillamente nos vamos volviendo mierda lentamente. Eso me pasó a mí, reaccioné tardíamente al cambio.

Fue entonces cuando empecé a sentir esa cosa en el estómago, que lejos de ser como el mariposeo común del enamoramiento, era más como una especie de licuadora que me revolvía todo, y al mismo tiempo me sentía como un reloj de arena que alguien volteaba cada vez que le daba la gana.

Creo que muy en el fondo pese a mi ‘mamagallismo’ y mi carisma y tal vez por mi naturaleza emocional, siempre he tenido una tendencia hacía lo depresivo-melancólico, pero hace mucho tiempo no sentía esa sensación de inestabilidad tan incómoda. Así que no tuve más remedio que empezar a escarbar para tratar de comprender qué coños sucedía conmigo, por qué me sentía (o me siento) así, cuando en realidad debería estar feliz y rechinante de alegría.

Fue así como empecé a entender poco a poco, como cuando un bebé empieza a hablar, que con tanto va y viene, con tanto paseo en balsa, con tanto cambio, yo también cambié. Pánico fue lo que sentí al darme cuenta que todo lo que había construido durante tantos años (que era yo mismo) simplemente dejó de ser.


Llegué a esa etapa de mi vida en la que uno se convierte en un desconocido para uno mismo y le toca empezar a entenderse, desde ceros…


Y no sé. Un día simplemente no me dio más la gana de peinarme, y decidí dejar de echarme secador y plancha para asumir que soy así, crespo y que me gusta. Y me compré las gafas que quería. Y dejé de ir al gimnasio porque me di cuanta que estaba intentando ‘ponerme en forma’ para los demás y no para mí. Y empecé a alejarme de mis amigos de siempre para abrirle la puerta a nuevas personas. Y me fui de viaje yo solo para escapar y conversar conmigo mismo. Y empecé a disfrutar de mi libertad de verdad. Y entendí que gran parte de lo que era ya no soy y que es cierto que crecer duele.

Pero todo eso fue más complejo de lo que suena, porque reconocer y aceptar cuesta, aún más cuando se trata de retomar batallas en las que uno pensaba que ya había salido victorioso y cuando se trata de derrumbar los conceptos que personas queridas como los amigos han creado sobre uno y que incluso le han hecho creer con ese ‘es que tú…’ que a veces puede ser tan invasivo.

Cuesta darse cuenta de que en el fondo uno no quiere estar tan solo como lo profana, de que necesita afecto, de que tiene muchos defectos, de que ha hecho daño, de que no es el hombre seguro que demuestra ser y de que tiene mil barreras que le impiden encontrar ese amor que en el fondo de su alma tanto anhela.

Sin embargo, al ir quitando todas esas capas y al ir aceptando todas esas cosas no tan chéveres de uno mismo, van saliendo a flote otras. Ahora por ejemplo, siento que debo empezar a hacer (por fin) muchas de las cosas que he querido hacer, a despertar esos talentos que uno deja quietos por culpa del miedo y a apropiarse de una calma genuina, en la que el mundo es un lugar enorme en el que uno es un ser muy pequeño que simplemente (como los demás seres muy pequeños) está aprendiendo a vivir.

Aún estoy en ese proceso de conocerme y aunque puede que me tome el resto de tiempo, es maravilloso, porque me recuerda todo el tiempo que

estoy vivo,

aquí y ahora,


siendo.

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