Del verbo amar
Seguramente, comparado con textos
anteriores, este no será uno de los más fluidos. Desde ya me cuesta retomar la increíble
conexión que existía entre el cerebro, corazón y dedos de este presunto
escritor. Éste que a estas alturas del partido tiene muchas cosas que decir, y
se esfuerza por volver a escribir. Como cuando un deportista sufre una lesión y
se somete a una terapia intensa y disciplinada con la esperanza simple de
volver a ser, o de ser mejor.
Ya lo había intentado antes, con
otras ideas, con mensajes simples, con entradas sin fundamentos, pero
claramente no lo logré. Y entonces, de un tiempo para acá, surgieron preguntas
que merecen con urgencia respuestas. Tal vez la más importante, la que reúne a
todas las demás, la que podría caber en dos inmensos corchetes de esos que se
usan para agrupar las ecuaciones (con el perdón de los matemáticos), es: ¿dónde
se quedó el muchacho que escribía bonito? ¿DÓNDE?
Y no tengo más remedio que echar
cabeza. La solución tal vez sea recurrir al viejo método de hablar de mi con la
inocencia y la ausencia de pena, típicas de ese viejo muchacho, de ese joven,
de ese lindo bobito de corazón amable, que se perdió en algún lugar de esta
corta línea de tiempo de 22 años, (casi 23). Entonces es fácil entender que ese
se quedó congelado en el tiempo.
Pero es que el tiempo es tan
grande, y tan incierto y tan traicionero, que no logro llegar fácilmente a
entender en qué punto pasó. Entonces surgen nuevas preguntas que traen consigo
respuestas sencillas y descifrables. ¿Cuándo escribía y cuándo deje de hacerlo?
- Escribía cuando amaba
- Deje de escribir cuando dejé de amar
Entonces sí, me figuró resignarme
y sin darme tantos golpes de pecho, entender que este pedazo de humano se quedó
congelado un año atrás, en el despecho.
Cuando uno ama, sufre de inspiración.
Cuando uno sufre por amor, se atrofia. Cuando uno deja de amar y de sufrir, se vuelve
a enamorar de uno mismo. Y luego pasa que como el muchacho, uno se queda congelado.
Se trata de lo que me atrevería a denominar como “la típica metamorfosis del amor” de la que
lastimosamente no salió ileso, cosa que no está del todo mal, pero tampoco del
todo bien.
En el proceso de volver a enamorarme
de mi mismo me excedí. Si bien nunca sobra el autoestima, el ego sí, y el ego
llevó a este pequeño Bambi – nada tienen que ver los cuernos aquí – a convertirse
en un ser egoísta, alguien que aprendió a asumirse como la principal prioridad,
que se levantó entendiéndose solo y avanzó sin más remedio, convirtiéndose en
amigo, amante y admirador de la soledad. Y la verdad es que empecé a disfrutarlo,
a comprender que lo necesitaba. Pero…
Los cuernos son usados por los
venados básicamente para luchar, para envestir o para defenderse. Los del viejo
Bambi, crecieron fuertes y grandotes, quitándole un amplio espacio en la cabeza
donde perfectamente, - sin hablar de moda- se podrían posar bonitos sombreros o coronas brillantes,
o ideas un poco más nobles que nada tendrían que ver con el espíritu de lucha y
vigor que al final siempre se desvanece. Porque creo que no le temía a ser
débil.
No le temía a ser débil y mucho
menos a ser noble. Y en el espacio que dejó esa planta que me había dedicado a cosechar
por mucho tiempo, no creció nada. Y es tal vez este el espacio correcto para
pedir perdón a algunos por las cosas que he hecho mal, por los daños ocasionados
por mis cuernos, por las embestidas y por no andar con cautela. Quienes lean
esto, entenderán a que me refiero y entenderán que de pronto, el muchacho se
está descongelando.
. . .
Luego de todo lo dicho, pese al
esfuerzo perdido de no extenderme, me remito a la idea principal que originó
este desborde de letras: amar al igual que olvidar, avanzar, luchar, existir o
escribir, es un verbo. Justo ahí radicaba el problema que reflejaba la usencia
de mi inspiración para poder hacer esto que estoy haciendo. Básicamente
necesitaba volver a amar para inspirarme, sin darme cuenta antes de que nunca
había dejado de hacerlo.
Entonces por eso escribo. Para
que me lean, para que me sepan, para que entiendan como yo que uno siempre ama.
Uno ama a su familia, a sus amigos, a la gente que lo ama, a sus mascotas, a
sus historias, a su pasado, a su futuro, a lo que se conoce y veces a lo
desconocido. Uno ama el dolor, pero también la felicidad y de vez en cuando la
melancolía. Uno ama que lo amen y por eso no debe tener tanto miedo de amar.
Y ahora amo comprender que por
aprender a entender el verbo amar en su totalidad, estoy aprendiendo a
escribir.

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