Un año después de Paris
Siempre pensé que los gatos no eran lo mío. Debido a mi
naturaleza extrovertida y sociable, me convertí desde muy pequeño en un amante
de los perros, y me dedique a conocer sobre las diferentes razas, a leer sobre
su comportamiento y a criar un par, como Tana y Dona por ejemplo, dos enanitas
de narices húmedas, que llegaron a mi vida para llenarme el corazón de alegría
y amor incondicional. Desafortunadamente Tana ya no está, y aún, después de
unos meses, se me corta la voz al hablar del tema porque en definitiva, nada
logra llenar ese vació tan inmenso que deja su pequeña ausencia. Creo que los
perros no son como los hijos, ellos son más bien como angelitos.
Por pasar tanto tiempo junto a los perros, pensaba que los
gatos simplemente no me interesaban. Demasiado egoístas, independientes, aburridos
para mi gusto. Me parecían animales hermosos, pero ciertamente, no tenía ni
idea sobre ellos. El 19 de marzo del año anterior (2014), una persona muy
especial, que entre otras cosas era amante de los gatos, cumplía años, y yo,
por supuesto, quería sorprenderla de la mejor manera. Fue así como unos meses antes,
tome la decisión de comprar un gato para el tan dichoso regalo (decisión que
hoy por hoy no me parece la más adecuada, pero de la cual no me arrepentiré
jamás).
No sabía nada sobre razas de gatos. Simplemente sabía que
unos tenían más pelo que otros y que algunos eran muy caros. Fue así como
emprendí una búsqueda desesperada en internet, y encontré un aviso que me llamó
la atención: “Camada de Siames Tabby Point”. En la foto, salía unas bolitas de
pelos pequeñitas que por supuesto me enternecieron hasta las uñas. Llamé, me
puse en contacto con el vendedor, quién
me explicó detalles sobre la raza e incluso me envió fotos de la camada.
Al fin y al cabo se cuadró el negocio, y ya no había marcha atrás. Escogí a la
última hembra, que según el tipo, era la más consentida y juiciosa (jum).
Eso pasó cuando los gatitos aún eran recién nacidos, así que
tuve que esperar alrededor de un mes para poderla tener. En ese transcurso,
entre charlas desparpajadas, su futuro dueño y yo escogimos el nombre. Paris,
ese siempre me gustó y como mi sugerencia fue aceptada, yo me tomé el
atrevimiento de llamarla así. Aclaro que en ese momento no tenía ni la más
mínima intención de adoptar un gato como mascota. Finalmente el día llegó, y me
emocionaba muchísimo la idea de poder sorprender con semejante regalo. Si a mí
me hubiesen regalado un perrito, de seguro me hubiese casado, pero en fin.
Ese 19 de marzo, me encontré con el vendedor que era un pela’o
joven en una estación de Transmilenio. Cuando llegó, llevaba a la gatica dentro
de un canguro, era tan chiquitica que cabía en la palma de mi mano. Yo por pura
precaución llevaba una cobijita, y realmente no tenía ni idea de cómo carajos
agarrar a un gato. Chilló todo el camino de vuelta a casa y me miraba con una
cara de espanto que resultaba dándome risa. Estaba emocionado y al mismo tiempo
me derretía de la ternura, al ver esa cosita tan bella ahí, en mis brazos.
Cuando llegué de nuevo a mi casa, la
puse en el piso y fue como ver a un ternerito caminar por primera vez. ¡Estaba
muerta del susto! Despelucada, flaca, chiquita, en medio de una casa que no
conocía y dos personas que jamás había visto, o sea mi mamá y yo. Además, Tana
y Dona no paraban de ladrar y yo sabía que el encuentro no era del agrado de
ninguna de las tres.
Por cuestiones logísticas, ese día no pude hacerle el regalo
a esa persona tan especial, por lo que, tuve que tener a la gatica, de la cual
no sabía nada, hasta el fin de semana.
Lo primero que hice fue comprar su concentrado y arena (se la puse en
una coca que encontré en el patio de la casa). Me preocupaba un poco el tema
del aseo, pero esa fue mi primera sorpresa: los gatos nacen aprendidos. Paris,
simplemente llegó, se apropió de su arenera y dejo que la naturaleza fluyera.
Yo no me lo podía creer, ya que en mi experiencia con perros, eso nunca pasaba.
El caso es que la enana esta, empezó poco a poco a explorar toda la casa y al
día siguiente, ya se creía la reina del lugar. Durante esa semana simplemente
me dediqué a darle mucha confianza y a presentarla a muchas personas, a jugar
con ella y a consentirla. Creo que eso fue algo que determinó su
comportamiento.
Así llegó Paris a mi vida, sin querer queriendo. Desde el
primer día nuestra relación ha sido distinta, ya que ambos logramos de alguna
manera irrumpir en los tabús y simplemente creamos una relación de padre e
hija. Es una gata faldera, una sombra, una escolta que siempre está arriba,
abajo, adelante, atrás, encima o debajo de mí. Basta con decir que si yo entro
al baños, ella o entra o me espera en la puerta, ¡Somos simplemente
inseparables! Poco a poco fue creciendo, y yo me fui enamorando. Por distintas
cosas de la vida, resulto siendo un regalo que me hice a mí mismo y así se
quedó. Se quedó en mi casa, en mi vida y en mi corazón.
Con Paris he aprendido una infinidad de cosas, y cada día me
sorprende con algún truco nuevo. Es un animal supremamente inteligente, que
sabe muy bien cómo lograr sus caprichos y como si fuese consciente de su
belleza, sabe manipularme. Es sociable, extrovertida, juguetona, consentida y
me demuestra en todo momento, que aunque me ama con todo su ser, se ama más a
ella misma. Por eso hoy pienso que los gatos si son como los hijos y aunque no
suene tan chévere, también se nos sale de las manos. Se me hace increíble
despertarme y verla ahí, durmiendo plácidamente conmigo, como si mutuamente decidiéramos
ser cada día los seres favoritos del mundo, el uno para el otro. Y nada más
bello que llegar a casa y verla en la puerta esperándome con su carita de
cachorra consentida.
Me hace reír todo el tiempo, y a veces simplemente se
recuesta junto a mi lado para ronronear. Me ha acompañado en la muerte de Tana,
en el despecho, y en distintas cosas de la vida que no son tan chéveres,
siempre, transmitiéndome una tranquilidad que me ha convertido en una persona
más calmada. Puedo decir sin temor a equivocarme, que los gatos son terapéuticos,
y además, excelente reguladores de energía, o como sea que se diga. Paris no es
una mascota y ya, parís es parte de mi vida, de mi mundo, de mi casa, de mi
corazón. Ese animal que no me interesaba, me enamoró, me atrapo entre sus
garras y me encerró en lo profundo de sus ojos azules. Por eso y por todo, hoy,
un año después no puedo dejar de sentirme agradecido, porque conocí otra forma
de ver el amor.
Hija, debes saber que cuando papá te agarra a picos no lo
hace para sacarte de casillas es que… simplemente… ¡papá te ama!

Comentarios
Publicar un comentario