Mamá, los hombres si lloramos
Este fin de semana tuve una corta pero acalorada
conversación con mi mamá. Le conté que había llorado y que sentía ganas de
llorar, no por cosas negativas, sino por hechos satisfactorios que ocurrieron a
lo largo de la semana. Ella simplemente me miró y con sus ojos acusadores y una
voz algo apenada me dijo “te la pasas llorando”, a lo que yo respondía con un
“¿y?”. Entonces afirmó algo que me sacó de quicio: “Es que los hombres no
lloran”. Pues bien mamita, tu hijo no es un hombre según tú. Con lo que me introduje
en una discusión conmigo mismo, que se reflejará a continuación.
Debo admitir que pocas personas me aburren. Todas y cada una
me resultan un paradigma, una mentira oculta tras miradas, rostros, voces,
olores y sensaciones. Sin embargo, debo reconocer también que aunque trato de
tolerar a todo el mundo, hay seres humanos que me caen mejor, eso a los que yo
llamo “de los míos”. Esos son los chispeantes, los felices, los imprudentes,
los francos, los transparentes, los llorones, los sinceros, los enamorados, los
adultos con alma de niño.
Siempre rondó en mi mente una pregunta que poco a poco se
fue convirtiendo por sí sola en una respuesta. ¿Por qué no?... No hagas esto,
no digas esto, no te sientes así, no llores, no hables en ese tono, no actúes
de esa forma, no mires eso, no compres aquello, no comas eso. En fin. Estamos
tan restringidos desde que abrimos por primera vez los ojos en este mundo, que
de alguna forma nos crían siendo impedidos, impedidos de mente y alma, llenos
de miedo a todo.
Claro, el mundo necesita y merece reglas, de lo contrario la
vaina estaría aún peor de lo que está, pero, ¿hasta qué punto los seres humanos
estamos obligados a cohibirnos? Sin
lugar a dudas, encontré la respuesta en una frase que desde hace unos años ha
definido mi personalidad y justifica muchas de mis acciones, no tan bien vistas
por parte de algunos conservadores (sin referirme necesariamente a ideales
políticos): “Uno puede hacer lo que quiera siempre y cuando no afecte a nadie”.
Decidí tatuarme, salir del closet, decirle a la gente las
verdades que resultan bastante incómodas, renunciar a un trabajo en el cual no
me sentía satisfecho, luchar por el amor de un cabrón, destruirme en el intento, viajar de un día
para otro, irme de casa, volver a casa, estudiar una carrera “poco
prometedora”, comer mucho, comer poco, engordar, adelgazar, amarme sabiendo que
soy feo, creerme el más lindo, apartarme del mundo, y lo más reciente, llorar,
pese a la sentencia de mi adorada madre (aún bastante machista), esa que me advertía
que no se veía bien que llorara, porque los hombres no lloran.
Con el respeto de mi madre, de mis amigos, familiares, tíos,
jefes, amigos, ex parejas, futuras parejas: ¿A quién carajos le importa las decisiones
que yo tome o deje de tomar si no los afecta en lo más mínimo? Advierto que
esto no es una cuestión de rebeldía, política o sexualidad, es la necesidad
constante y permanente de buscar libertad, porque como dice la canción, es un
derecho de nacimiento. Creo que todos los habitantes de este hermoso mundo,
nacemos dotados de sentidos, corazón alma, y toda una indumentaria completa
para entender que hay algo más allá de lo racional, y eso es la espiritualidad.
Lo explico con hechos simples como las lágrimas, o las carcajadas, o el placer,
o la alegría, o el amor, o el despecho. La base fundamental para aprender a
entender esto que hablamos, es algo que cuesta construir y pocos logran,
puntualmente la tolerancia.
Por eso me gusta la gente que es así, “de los míos”. Esa que
no le da pena tener pena, que es sincera, humilde sencilla, divertida, o esa
que también es muy aburrida o muy simplona porque simplemente su naturaleza es
así. Me gusta la gente que habla hasta por los codos como yo, o la que prefiere
mejor sentarse a escuchar. Me gusta la gente que no se detiene a pensar en las
opiniones ajenas, pero que opinan y que simplemente continúan su camino en esta
tierra que está hecha sencillamente para ser disfrutada. Me gusta la gente que
me conoce y entiende esto que digo y me gusta también la que no lo entiende
porque me hacen sentir aliviado, suelto de los pesos absurdos que nos han
sentenciado por años a ser iguales, cuando realmente, lo que deberíamos aprender
a disfrutar es la variedad, donde supuestamente se haya el placer.
Una de los mejores regalos que se puede hacer un ser humano
para sí mismo, es la sinceridad. Cuando uno abre la mente y el corazón y acude
a sus ideales, sus experiencias y su propia voz interior, descubre la verdadera
magia de estar vivo. Correr en un parque, revolcarse en el pasto, montarse en
un columpio, pasar un día sin hacer absolutamente nada, regañar y ser regañado,
comer muchas calorías, saltar de un puente, besar, amar, odiar, bailar, conocer
personas nuevas, cantar a grito herido, viajar, llorar decir la verdad en la cara,
¿por qué no?.
La vida está hecha de pequeños momentos, y por eso mismo hay
pocas razones para decir no.
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