Hablando con la Realidad


Estaba cansado, agotado y consumido por la rutina. Echado en la cama, con los pies en alto y mirando al techo, me sorprendió escuchar que llamaban a la puerta de mi cuarto. Hasta donde yo sabía, no había nadie más que yo y mi cabeza que no deja nunca de pensar. Me levanté, sigilosamente camine en medias y con la camisa fuera del pantalón como los borrachos, hasta la puerta. Abrí y me encontré con una figura algo extraña.

Al parecer aquella mujer, o cosa, venía de un funeral, a juzgar por su pinta, con esa falda entubada negra, esa camisa ceñida al pecho, tacones brillantes y ese abrigo largo, turbio, pesado. Tenía estilo, algo dramático como a mí me gusta, con un sombrero que no sé exactamente como debería llamar, solo sé que era grande, ladeado, cubriendo la mitad de su rostro. Tanía los labios muy rojos, y unas gafas oscuras grandes, que la hacían parecer invidente, ciega, lejos de mi alcance.

Me asusté, como cuando de pequeño me amenazaban con la llegada del ‘coco’ cada vez que me portaba mal. Intuía que alguna cagada me había mandado, y había llegado la hora de ajustar cuentas. Me sentí muerto, pensé en que no podía hacer nada, así que diplomáticamente no opuse resistencia y le seguí la cuerda a esa cosa. La escena parecía sacada de una obra de teatro dramático, con un aura de melancolía, tristeza y pesar que solo yo puedo descifrar.

Le dije en un tono seco, firme, cortarte – como lo hago cuando alguien no me cae bien - ¿a la orden? Y ella simplemente me hizo a un lado, siguió y se sentó a los pies de mi cama, y con un gesto de su cabeza me indicó que no necesitaba mi respeto ni mi aprobación, simplemente tenía que sentarme y prepararme para lo que estaba por venir. Aunque no podía ver sus ojos, sabía que en su mirada había algo de rabia contra mí. Como cuando un policía atrapa un ladrón y se siente muy bien al ver que la está pasando muy mal.

Dijo – Tuviste que crecer a la fuerza y no te habías dado cuenta ¿no? - Yo me sentí tan mal como cuando a una gorda le recuerdan que es eso, gorda, y le lancé una mirada asustada, desparpajada, fuera de toda conciencia. Ella se burló y me estiró la mano diciendo – Mucho gusto, Realidad. – No entendía como se podía materializar de esa forma tan despampanante, y venir a atrofiar mis sentidos en mi propio cuarto. No entendía nada, pero le respondí – Igualmente, Camilo – y le sujeté la mano, que era fría, cadavérica, fuerte y suave a la vez. De todo lo que en ese momento estaba sintiendo, solo podía deducir que después de la presencia de la Realidad, mi vida no podía seguir siendo la misma.

Me preguntó cómo me sentía después de mi ruptura, y le dije que estaba muy triste, aburrido, sin ganas de nada, pero en medio de todo muy tranquilo. En ese momento fue como si abrieran una llave de agua de la que no salía agua sino palabras, esa era mi boca, tan atragantada, tan llena de sentimientos que querían salir y gritar y patalear y llorar. Pero aún perplejo me contuve y dije lo necesario. Ella se limitó a decir que de eso se trataba el juego, que yo también había caído en el grave error de ver el amor como en un cuento.

-          Todos creen lo mismo. Al principio todo es fácil, perfecto, musical, acolchonado, dulce. Es como tirarse en una nube de algodón de azúcar sujetado de la mano de una persona que le gusta mucho. Luego, sin más ni menos empiezan a odiarse entre sí. Eso es el amor, un punto medio entre todo y nada, entre equilibrio y desequilibrio, entre bondad y maldad, entre dos mundos totalmente diferentes que van corriendo como locomotoras para chocarse y explotar, para bien o para mal. Luego de eso, nunca más serás el mismo de antes.

La mire con algo de asombro, como cuestionando su intervención, pero ella, con una pequeña sonrisa desafiante, malévola e irritante y con un tono casi cantado, mirando al horizonte, simplemente prosiguió:
-        Imaginabas que ibas a pasar la vida entera junto a él, durmiéndote cada noche en su pecho y despertando cada mañana en sus labios. Pensabas que iba a ser un excelente papá y desde ya te sentías morir de orgullo. Pensabas que el amor era tan fuerte que podía romper de frente cualquier diferencia y sonreías soñando despierto en cómo sería su boda. Te imaginabas junto a él decorando su casa y regalándole su primer perro en la próxima navidad. ¿sigo?

Yo solo pude ponerme a llorar como una nenita, como una quinceañera que no le hacen fiesta, o como una viuda en el funeral de su marido. ¿Cómo podía esa cosa saberlo todo? Eso hacía parte de los dos, de nuestros sueños, de nuestro presunto amor inmortal que murió. Ella nuevamente se río y dijo – De eso se trata pequeño saltamontes. Esa soy yo, la realidad. ¿Qué tienes ahora? ¿Piensas, crees y sientes lo mismo que antes con la misma fuerza, con el mismo entusiasmo? Lo dudo. Pero tranquilo, puedes darte por bien servido porque aunque no lo quieras sentir, estás vivo y eso es más que suficiente.

Yo no entendía por qué lograba azotarme la conciencia, el corazón, el alma y la piel con cada palabra que decía. Sentía como si me halaran el pecho y me lo soltaran sobre mí mismo, como quien juega con un cauchito. Es como si hubiese salido de mis más recónditos miedos, para castigarme, para ponerme de rodillas, para desafiarme y desafinarme. No entendía y la miraba con miedo, como un niño que se pierde en un supermercado y lo encuentra un desconocido.

-          Claro, yo sé que has pasado por momentos muy difíciles. Sé cuánto extrañas a tu papá y a algunas personas que se han ido, pero a comparación de los otros que habitan este mundo, tu no es que hayas sufrido demasiado. Eres más bien un tonto, un caprichoso, un niñito inmaduro que se siente infeliz por pequeñeces y que no se da cuenta todo lo que tiene en sí y a su alrededor para devorarse el mundo. Se refugia en alguien más como si no pudiera encontrar en el centro de su pecho o en su inmensa cabezota las respuestas y los caminos que lo lleven a cruzar estos laberintos diarios en los que se mete.

En ese momento me llené de ira y le grite con algo de miedo pero con algo de valor - ¿Usted qué sabe? ¿Acaso la condición de ser humano no me da el derecho de sufrir y cometer los errores que quiera cometer siempre y cuando no afecte a nadie más? Además creo que cada uno tiene el sufrimiento que merece – y la cosa esa me interrumpió diciendo – o el que quiere. - Y en medio de la risa, me dijo - ¡Jajaja! Que tierno, tan capaz y tan incapaz. Tan grande, tan robusto y tan frágil, tan difícil, tan único, tan inteligente, tan bobo… Supongo que crees saber que es la libertad, y qué es el amor, y qué es el sufrimiento. Supongo que piensas que si das lo mejor de ti, la gente hará lo mismo y nunca te hará daño. “csh csh csh csh csh” – dijo mientras movía el dedo de lado a lado como un parabrisas, diciendo que no. Para ese momento yo ya estaba acurrucado mirando para el piso, con la resignación de un jubilado o la poca fe de un vagabundo que pide monedas afuera de la iglesia.

Ella se quedó en silencio. En su mirada, aunque no la haya visto, sé que había algo de compasión. Suspiro y siguió: - La realidad es que eres un alma noble, te lo debo decir. Pero hace falta un largo camino por recorrer, muchas cosas por aprender. Vas a caerte muchas veces, pero te pondrás de pie nuevamente para abrazarte a ti y solo a ti. Es muy lindo mostrarse frágil sin sentirse mal, pero lo cierto, mi pequeño saltamontes, es que no todos saben apreciarte de esa forma. Para muchos, la debilidad de unos es su fortaleza, y su libertad comienza cuando termina la tuya. Debes analizar, pensar antes de actuar, ir con cautela, porque la realidad es que el amor y la vida son como un juego, en el que por supuesto siempre se debe intentar ganar, o al menos salir ileso. Tu corazón es como un tesoro intangible, que debería ser difícil de robar pero del que lastimosamente ya se han llevado varias partes.

Nuevamente caí en llanto, porque todo lo que me decía era eso, la Realidad. ¿Por qué si siempre lo había entendido, no lo había querido ver? ¿Por qué tenía esa costumbre de quemarme para saber que era el fuego? ¿Por qué tenía que caer hasta el límite de la gravedad para luego levantarme victorioso pero lleno de cicatrices? La vida no podía seguir así, ahora en adelante debía ser un poco más precavido. En ese momento suspiré y sin pensarlo simplemente me recosté en sus piernas. Entendí que la señora Realidad, podía ser muy cruel pero también muy amable, muy bella, como la vida.

-          Tus ojos me cuentan que aún tienes mucha fe en todo, incluso en lo imposible, ¿o me estarán mintiendo? – Dijo mientras  me consentí la cabeza, con un tono suave, casi maternal.  Le dije – Si, siempre he sido muy optimista, creo que hay alguna forma más, creo que todo puede ser siempre mejor – Y sin decirme nada me hizo sentir muy estúpido. Yo solo me reí, como retractándome, sabiendo que tal vez acababa de decir una burrrada. Entonces interrumpió el sonrojo de mis mejillas diciendo – La realidad también es otra. Las cosas que quieres, los sueños, las metas, los objetivos que trazan el camino a tu felicidad, son cosas que se consiguen solo por tus propios méritos. Eres un artista, el artífice de esa obra valiosísima que eres tú. Debes esforzarte por ser un faro, por ser un súper hombre, por no esperar nada de nadie porque contigo tienes todo lo que necesitas y aunque suene imposible, esa es la realidad. Nada es gratis, todo implica cierto sacrificio, y por eso, debes aprender a desprenderte.

Le confesé que era muy difícil para mí tener que alejarme de las personas, aunque yo mismo no era del todo consciente de ello. Le conté un par de anécdotas y le pregunté, ¿por qué todo tenía que tener cierto grado de error? ¿Por qué no todo podía ser fácil sin acarrear sufrimiento? ¿Por qué la gente disfruta haciendo el mal? ¿Por qué nos cuenta tanto trabajo el amor? A lo que ella simplemente contestó con cara de “a ver” – Pues porque así es la vida, no hay mayor explicación, sólo me basta con decirte que si no fuese de esa forma todo sería muy aburrido y te demorarías bastante en crecer como ser humano, en madurar, en aprender. Recuerda que al menos conscientemente sólo tienes una vida para vivir, porque aunque quisieras, no eres un gato.

Finalmente nos quedamos en silencio, mirando hacia la ventana viendo el sol que ya estaba cansado y quería ir a darle la vuelta al mundo. La mire, le sonreí. La sentí tan cerca de mí, y no tuve otra cosa más que gratitud. Ella me dio una palmadita en la espalda y me dijo – Tranquilo pequeño, todo va a estar bien. Sé sincero, ama, déjate amar, sonríe, equivócate, viaja, corre, grita, baila, sueña… haz lo que quieras, porque la realidad es que dentro de ti hay una inmensa luz, una que realmente nadie podrá apagar, porque realmente no naciste para vivir lejos de mí, porque realmente siempre estoy contigo aunque no me veas.

Desde ese día, tengo una amiga nueva. Siento como si me hubiese hecho el confidente de mi secuestrador, o como si el pez pescado se hubiese convertido en mascota, no lo sé. Solo tengo la certeza de que me hice consiente, de que la realidad siempre está ahí escondida, detrás de los postes en las calles, o en las arrugas de los rostros y las sonrisas de la gente, o en las miradas brillantes o las que han muerto con el dolor y el tiempo. También está en el pasto, en los animales, en los árboles, en el viento. La realidad es que todo en la vida tiene sentido, y tenemos que aprender a afrontar el dolor para poder ser felices. Tal vez no sea la persona más indicada para decirlo, mucho menos en este momento, pero hay estoy seguro de que hay una realidad en cada uno de nosotros, por eso la defiendo.


Y otra cosa, ella, como todos nosotros, da de lo que recibe. 

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