De vuelta a cero




Esta vez no fui yo quien decidió poner el punto final, esta vez me cerraron la puerta del amor en la cara. Claramente quedé algo (por no decir muy) lastimado, pero con la fuerza suficiente para retomar mi camino, mi tragicomedia.

Yo pensaba que si se podía, quería darlo todo, lo mejor de mí, pero desafortunadamente uno no puede luchar contra el ex ni contra la cobardía de la persona. Así que, muy a mi pesar, todo se termino, y se repitió la historia, la maldición del mes…

El orgullo que puede ser un arma de doble filo, esta vez jugo a mi favor, así que el primer día estuve bien, sintiendo que aquel personaje era demasiado imbécil como para dejarme ir y aunque lo sigo pensando, ya baje un poco más la guardia, lo suficiente como para comprender que las cosas pasan, o no pasan por algo y que yo no soy perfecto tampoco, y que ya no debo acercarme a esos terrenos nunca más.

“No quiero hacerte perder el tiempo”. Esa frase, fue como un golpe directo en mi cara redonda, que no solo me rompió mis adoradas gafas blancas sino que me rasguño el corazón como una gata el celo.  Fue un punto final adornado con palabras, esas que él pudo decir y que yo me tuve que tragar.

Así las cosas llegue a mi casa y al ver la expresión de mi cara, mi adorada madre con su particular tono montador, me pregunto “¿Cómo le fue, lo echaron?”. Efectivamente, mi mamá y su octavo sentido me conocían demasiado como para darse cuenta de tan desagradable situación. Ella y yo sabíamos que era una de las pocas veces, o mejor la primera, en que me habían terminado a mi. Nos sentamos, nos miramos, nos reímos y llegamos a la conclusión de que los manes son una porquería.

Al día siguiente yo ya estaba como si nada, la pase rico, me reí como siempre y no pensé en el asunto. Al caer la noche, con su frio hermoso y su soledad, la melancolía que me visita muy frecuentemente me invadió. En ese momento pensé que tal vez yo hubiese podido hacer las cosas mejor, o que simplemente yo, con todas mis virtudes, no nací para eso del ‘amort’.

Así pasé el resto del tiempo, pensando, lamentando, extrañando algo que nuca fue mío y que ahora nunca más lo será. Hoy me doy cuenta que no es a él a lo que extraño, es a mi mismo estando con él. Lo anterior se argumenta en que simplemente hacer las cosas bien, se siente más que bien. Creo que la vida sin amor es simplemente desgraciada, descolorida y sin sabor.

Siempre he sido un poco egoísta y por primera vez, eso de compartir me resultó como una de las mejores experiencias de mi vida. No era miedo a la soledad porque finalmente ya estoy acostumbrado, era la idea de seguir adelante y construir. Me la pasé pensando en eso y me deprimí y por poco caigo en la onda de muchos, de ser cabrones y no creer en nada ni en nadie, pero no.

Aparecieron mis ángeles, mis amigos y un par de personas que con un sus palabras tontas y llenas de cariño, me hicieron sonreír de nuevo.  Con la sonrisa renovada llegaron otra vez las brisas de la tranquilidad, las ganas de luchar, de continuar, de ser mejor, de compartir, de no pelear con la vida de perder el miedo a salir lastimado una vez más.

Hoy estoy de pie, fuerte, con la frente en alto, sin vergüenza de caer y levantarme, sincero conmigo y con todos. Sigo así, quieto, sin buscar pero con la esperanza de encontrar y por fin llegar a un cielo que yo mismo pueda construir. Deséenme suerte.

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