Entre el blanco y el negro



Tenías calor, con el borde de tus pies sacaste de la cama las sábanas blancas que te protegieron toda la noche. Cayeron al piso y yo estaba ahí, escondido entre una de las tantas arrugas de ese pedazo de tela.

Me caí, me golpee, me volví una mierda y tu seguías ahí, como si nada, durmiendo plácidamente. Me dio rabia, mucha rabia, y entonces quise dejar de ser un insecto chupasangre para convertirme en una bestia, una de esas que hipnotiza con la mirada y que ruge, ruge fuerte, sentenciando a sus presas, devorándolos con todo su ser.

Cuando subí a la cama nuevamente ya era una pantera. El negro de mi pelaje contrastaba perfectamente con tu piel clara y tus condenadas sábanas blancas. Te mire por un largo rato y tuve la valentía de abstenerme. Si te hubiese tocado estarías ya en medio de la muerte, desgarrada, rota por culpa de mis garras sucias.

Estaba enjaulado, así me sentía cuando daba vueltas por toda la habitación. Era incapaz de irme, al pensar que al despertar no sabrías donde iba a estar. Ya me había acostumbrado a ser el cusumbo, el sirviente, el esclavo de tus besos, de tu sexo, de tu amor. Simplemente siendo una fiera o un insignificante insecto, de cualquier manera, estaba atado a ti, inevitablemente.

En mi afán, me detuve en ese maldito espejo. Mis ojos verdes, mi pelo negro, mis garras fuertes y mi cuerpo perfectamente moldeado, yo era una máquina de matar. ¿Cómo lograste tú dominarme?, ¿tú y tu puta fragilidad?, no lo podía entender, y cuando vi ese tatuaje que me hacía tuyo me dieron ganas de arrancarme la piel a mordiscos. Me convertiste en tu puta mascota de peluche, así de simple.

Me acordé de ese cabrón que pretendía robarme tus besos. Me llené de ira nuevamente y de la forma más ágil me escape por la pequeña abertura de la ventana. Para poder pasar tuve que ser una serpiente, larga, fina, elegante y peligrosamente hermosa. Silenciosamente me deslicé hasta la puta casa, del puto gusano aquel y subí hasta su puta cama. Me cerciore de despertarlo y cuando al fin lo hice lo miré a los ojos y luego se los mordí, inyectando mi veneno, mi furia, mis celos. Lastimosamente me tocó a mi hacerle entender que no debe mirar lo que no le corresponde.

Cuando volví tuve que entrar como un pequeño colibrí. Aceleradamente revoloteé nuevamente por toda la habitación y por culpa de mi ruido te desperté. Te sentaste en la cama y lo primero que hiciste fue verme y sonreír. Fue en ese preciso instante donde entendí porque me sentía tan impotente, y es que era esa sonrisa la que me hacía preso y libre al mismo tiempo. Era el arco de tu boca el que me llevaba a probar los pecados más deliciosos, era tu mirada tan franca la que me hacia tuyo. Era el amor.

Entonces lo entendí todo, y me convertí en un pequeño gatito. Jugué con tu pelo largo, con tus tetas, con tus dedos y una vez más me sumergí en ti, en tus besos, en tu saliva, en tu olor, en tus gemidos. El sol nos pilló y se rió de nuestro juego, a nosotros no nos importo y continuamos. Nos bañamos en miel de abejas y chocolate, nos vestimos con sonrisas y miradas tiernas, nos volvimos uno y medio, nos amamos mientras el cielo nos sonreía.

En ese momento me di cuenta que tu también eras mi mascota, lo que yo sentía lo sentías tú también y eso nos convertía en uno y medio. Ese medio que era la parte de cada uno de nosotros que intentaba escaparse pero que no podía desprenderse. Fuimos mil animales y así hicimos el amor toda la vida, entre incertidumbres y certezas, entre dolores y placeres, entre lágrimas y sonrisas, entre decepciones y satisfacciones, entre resentimientos y gratitudes, entre rasguños y caricias, entre tú y yo.

Ahora entiendo que el amor es desequilibrado y está ahí, entre el blanco y el negro…

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