Peligro: una perra suelta en París
Salimos
por ahí, caminando por Paris. No le tome la mano porque hacía demasiado frío.
Sin embargo, a pesar de eso ella sabía que la amaba y una mirada era suficiente, una de esas que se teje entre
dos cómplices, dos amantes, dos prófugos de la vida que van a escondidas, tatuándose el corazón con cada paso.
Éramos
dos gatos en celo, melosos, coquetos, juguetones, ágiles y egoístas. No nos
importaba nadie, nada. A menudo recuerdo su sonrisa, sus dientes eran como
perlas viejas, que de tanto fumar iban perdiendo su esplendor pero a pesar de
eso conservaban su valor. Era hermosa.
Recuerdo
bien lo que le dije cuando quise hacerla mía. Fui sincero, no tenía nada que
ofrecerle, más que mi pasión, mi emoción, mi futuro, y un tiquete sin regreso a
cualquier lugar. Ella iba a ser mi compañera en la vida, debía entender que se
trataba de una lucha entre dos, para dos. Ella aceptó y eso la hacía aún más
hermosa.
A
veces me gustaba fotografiarla. Su desnudez era exquisita a pesar de sus
imperfecciones. Era como una niña coqueta, dulce y juguetona, que cautivaba. La
habían criado para ser una dama y lo hacía bien, pero también sabía, que de vez
en cuando podía salir a pasear a la bestia que la adornaba por dentro. Yo fui
el testigo más afortunado.
Las
estrellas adornaban su cabello, las hojas de los árboles que caían muertas, cobraban
vida cuando ella revoloteaba con su falda dando vueltas como un colibrí. Era
una artista y yo era su público. Incluso la lluvia la favorecía, y cómo no, si
sabía bien que me derretía verla con su ropa ligera, translúcida y empapada.
Era el reflejo perfecto del deseo que me encarnaba, cómo la mirada de un tigre
cuando ve algo rojo.
Tomábamos
vino y comíamos queso, hasta parecer
cerdos. Nos encontrábamos en faenas, luchas que librábamos en cualquier lugar
donde nuestra discreción fuese interrumpida por nuestros deseos, y seguíamos
siendo cerdos. Nos matábamos con palabras, las que duelen y las que resucitan,
y seguíamos siendo cerdos. Realmente siempre fuimos un par de bohemios,
deleitados por la rebeldía, la libertad y el disfrute del mundo, de sus
placeres.
Un
día cualquiera, después de tanto tiempo, tantos viajes, tanta hambre y tanta
sed, tanta dicha, tanto deseo, tantos olores, tantos colores, tantos sabores,
tantos orgasmos, tantas resacas, tantos demonios, tantas noches, tantos días,
tantas flores, tantas gotas de lluvia, tantos cigarros, tanto humo, tantas
miradas, tantos pasos, tanto amor, me arrastró un remolino.
Recuerdo
que nos sentamos en un puente, nuestro
reflejo se dibujaba en el agua gris, y se perdía con el alboroto de las
piedritas que ella tan desparpajadamente lanzaba. A pesar de que no había
tomado su mano ella sabía de una y mil formas que yo la amaba, sin embargo ese
tierno pajarito que yo había hecho libre, ahora, en ese preciso instante se
estaba transformando en una perra.
Yo
le abrí el mundo. Le entregué mi tiempo, mis noches, mi amor, mis canciones,
mis fluidos, mi olor, mi libertad, todo de mi. Ahora ella, con una mirada que
pretendía ser un premio de consolación y que en cambio a mi me parecía un
absoluto cinismo, me decía tres palabras que me apuñalaron el alma, tres
heridas que hasta hoy no terminan de sanar: No te amo. El pajarito que yo saque de la jaula, el que consideraba
tan mío, me picoteo y se fue siendo una perra.
¡Perra!,
era ella la persona menos indicada para irse, la única que no debía hacerlo, la
daga mortal que irrumpió en mi carne y me quebró el alma, cómo los vidrios de
los carros cuando chocan entre si. Esa perra me dio una dosis de mi propia
medicina.
Y
entonces solo así, aprendí de la forma más cruel y despiadada que aunque yo
siempre haya sido el viajero, el protagonista de las despedidas, el que dice
adiós, y el que no regresa, ahora me tocaba ser quien se quedaba. Ahora lo miro
todo, desde el centro del universo. No quiero, no puedo dar un paso más hasta
no saber a donde quiero llegar. Esa perra se llevo a mi valentía entre su
hocico.
Si
me quiero escapar, lo hago solo con mi imaginación, lejos de los pájaros y las
perras que pueden ser tan hermosos y mortales.

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