Diario de campo: primera parte


Media noche. Mi cama. Mis perritas arrunchadas en mi pecho. Música deliciosa. Luz apagada. El corazón acelerado. Silencio. Felicidad. Plenitud. Agradecimiento. Eso es lo que hay.

Cierro los ojos y me sumerjo en un universo nuevo, una tierra lejana del mundo que se está creando por culpa de este par de locos que dicen adorarse. Deje de ser un man normal para convertirme en una pulga, la más cursi y consentida de todas, y pues sí, que oso, pero debo decir que se siente muy bien.

En este universo que es solo nuestro, de los dos, no hay un día sin sonrisas, sin carcajadas, sin chistes estúpidos y encantadores. No hay dolores de cabeza, no hay incertidumbres, no hay más habitantes. Hay agüita para nadar *guiño*, hamburguesas y gaseosas por montones. Hay cariño, de ese que se ve, se siente, se toca, que no se pone en duda. Hay una pulga y un ratón que simplemente son felices.

Y salimos por ahí, comemos, reímos, bailamos, hablamos, nos besamos, nos abrazamos, engordamos, nos retamos, pensamos, cambiamos, y sin darnos cuenta vamos cruzando caminos y dejando huellas. Se construyen castillos, dragones y todas esas cosas boletas de Disney, que me empiezan a gustar, como la música rosadita esa que escuchamos a todo volumen.

Somos cómplices, Nos perdemos entre miradas coquetas y discretas, entre cogiditas de mano que nadie ve, entre besos enviados en el aire, entre guiños y olores, un olor que me impregno y que ahora es mío también, de los dos. Nos guardamos nuestros secretos, nuestros recuerdos, nuestras palabras, nuestros rituales y eso poco a poco se va convirtiendo en un tesoro, de los más grandes, de los más bonitos, de los que llenan el alma.

Nos lanzamos de cabeza y no sabemos a dónde vamos a llegar, pero no tenemos miedo. Nos convertimos en artistas de una obra abstracta que se va a colgar en las paredes de nuestro corazón dorado. Nos tatuamos el cuerpo con caricias y con cuidado, con cariños y atenciones, con suspiros y con sabores dulces. Nos rendimos ante las circunstancias, ante los mandamientos de ese destino que nos tiene acá, disfrutando de un mundo creado y compartido, que disfrutamos y recorremos juntos.

El camino va a ser largo o corto, no lo sabemos y eso no le quita lo maravilloso. Me acuesto con la certeza de que todo va a ir bien, de que esto es real, de que la vida se encarga de darle a uno lo que se merece y de que llegó mi momento. Los días de perros se terminaron y ya no más, se acabaron los limones y las medias naranjas podridas. Simplemente somos dos, en un mismo mundo, acompañándose y queriéndose de la forma más real.


Este es solo el adelanto de las muchas cosas cursis que vendrán para escribir, para alimentar esa parte de mí que se había dormido. No me canso de decir: gracias.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Volví a ver el amanecer

A la tristeza

Carta de reconciliación