El eleposo
Era un bichito raro y desagraciado, débil, diferente a todos
los demás. Era un elefante grandotote con orejas que realmente eran alas de
mariposa. Muy paradójico que un animal de semejante tamaño tuviera unas orejas
tan extrañas, tan frágiles, tan poco acordes con su figura. Nunca pudo sentirse
normal, solo hasta el día en que entendió que las diferencias son validas, inevitables e
indispensables.
Luchaba con su peso, se escondía entre las sombras y hacia
cosas en silencio. Todo era un ritual estresante cargado de sentimientos
negativos, hasta que un día por fin pudo reaccionar. En medio de su habitual soledad, se tomo la
libertad de caminar. Llego a un lago y al inclinarse pudo ver su reflejo en el
agua, en ese instante logró darse cuenta que por el simple hecho de ser
diferente ya era muy especial.
No era la grandeza de su cuerpo sino su fortaleza, no era su
ternura sino su nobleza, no eran alas de mariposa, eran alas para poder volar. Él tenia el privilegio que ningún otro animal de su tamaño tenía, podía volar,
viajar, andar y eso hizo. Empezó a caminar, a paso lento, seguro, haciendo
alarde sin querer de su belleza, de su elegancia, de su nobleza. Sabía que
tenía el poder de destruir cualquier cosa a su alrededor, pero tenia más poder
para controlarse y no hacerlo. Eso lo hacía además de todo más sabio y más
inteligente que los demás.
El eleposo voló y voló, dejando sorpresas, miradas, sueños,
y sonrisas en cada lugar que visitó. Recorrió el mundo enseñándole a todos que
la belleza es algo subjetivo, natural, propio. Encontró su equilibrio en el
amor que se juró a si mismo por el resto de la vida y lo plasmó en un autorretrato
que marcó en su espalda, por siempre, solo para él.
El eleposo soy yo.
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