No no y no


A eso de los 11 añitos, empecé a darme cuenta que yo no era una persona normal, no como el resto de los chicos de mi edad. Mis gustos eran diferentes, me interesaba por cosas que no me correspondían, cosas que no eran de “machos”. Finalmente, sin más remedio dije si, hay algo que no está bien en mí, pero nadie lo tiene que saber.

En esa etapa, en plena juventud, además de lidiar con asuntos familiares, escolares, traumas y dilemas existenciales, emprendí una lucha de desprecio por mí y contra mí. Y es que era un secreto gigantesco, que no podía contar, era un pedazo de mierda que se atoraba entre mi garganta y mi corazón. No tenía la valentía ni la fuerza suficiente para luchar en contra del que dirán.

En la medida que fui creciendo, llegaron personas nuevas, experiencias distintas y sensaciones que yo desconocía, entonces me di cuenta que yo no era el único con esa condición. En ese momento, decidí por primera vez contarle mi gran secreto a alguien más. Lo hice y descansé, llore con el sabor de la paz, pero la “lucha” apenas comenzaba.

Solía ser el gordo, el buenagente, el tiernito, el que no decía más que cosas buenas, pero realmente dentro de mí se escondía un man hambriento, lleno de verdades, certezas y reproches. Afortunadamente conté con la educación y la inteligencia suficiente para poder lidiar con las cosas que en otras circunstancias me hubiesen hecho aborrecer a la humanidad y emprender una lucha ya no contra mí, sino contra el mundo. Nunca fue y nunca ha sido así. Lo siguiente fue empezar a vivir.

Cuando por fin abrí las puertas del closet, se posó frente a mí un gran universo, cargado de colores, sabores, olores y sensaciones. Me sentí vivo, me sentí propio, me sentí de otro, y conocí el amor, el placer, la felicidad, la tristeza, lo bueno y lo malo. Me empecé a conocer como era, con mis cosas buenas que a fin de cuentas siempre han sido más que las malas.

Conocí los excesos, la incertidumbre, la desdicha, el desprecio de mi familia. También aprendí que mi misión en este mundo no era ser un modelo universal, sino un ejemplo, una lección de vida para las personas que estaban y están a mí alrededor. Me llené de coraje, y decidí aceptarme, amarme, quererme y respetarme, pero el proceso de auto reconciliación fue lento.

Hoy, en este momento de mi vida por fin me siento feliz. Mi autoestima está en las nubes, y tengo el corazón cargado de amor por las cosas que me gusta hacer, por la escritura, por mi familia, mis amigos, mis perros, y por mí, por el hombre en el que me he convertido, porque pese a todo lo malo, soy un excelente hombre y lo digo así, con el pecho lleno de orgullo.

En ocasiones el mundo que me rodea me ofusca, sin embargo lo tolero y lo comprendo a la perfección. Entiendo mis dilemas, mis traumas, mis malas experiencias e incluso a quienes en algún momento han hecho algo que queriendo o sin querer me haya perjudicado. Reconozco mi supuesta bipolaridad, mi mal genio, mi descaro frente a muchas circunstancias, mi extrema sinceridad y mi fragilidad. Y es que no pudo hacer nada más que ser yo mismo, es lo mejor que se hacer.


Por eso y por todo lo anterior digo NO, no no y no. El problema no soy yo, eres tú.


Después de haber recorrido este largo camino, de auto aceptación, de tolerancia, de madurez; de pasar de ser un niño frágil e intoxicado a un adulto libre y en paz consigo mismo, de liberarme de todos los demonios que me rasguñaban el alma, no estoy dispuesto a retroceder. Tal vez por eso sigo soltero, tal vez así sea por siempre.

No estoy dispuesto a cambiar por nadie. No quiero ni necesito un papá. No quiero que mi estabilidad emocional dependa de una pareja. No quiero que controlen mis tiempos ni las cosas que me gusta o no hacer. No quiero que se ponga a prueba mi libertad. No quiero que me exijan hacer cosas que van en contra de mis principios. No quiero ser uno más del montón. No quiero alguien que no vaya a mi ritmo. No quiero ahogarme la cabeza en incertidumbres. No, no no y no.

Si el amor es sincero, verdadero y tan trascendental como para irrumpir los miles de kilómetros que nos separan entonces sabrá entender. Comprenderá mi posición, mi manera de pensar, mi forma de ser y de actuar. Porque de mí siempre ofrezco lo poco y lo mejor que tengo, un inmenso corazón.

Esto no es un arrebato, ni un berrinche de un “chico coco” (duro por fuera pero por dentro… pura agüita). Es simplemente un acto de dignidad, de madurez para que él y quién necesite entenderlo lo haga. Porque el amor finalmente no se vota a la basura de la nada, porque la vida es muy corta como para no disfrutarla, como para no correr el riesgo.


En pleno uso de mi conciencia y con toda la paz del mundo digo: Te amo, pero me amo más a mi mismo.

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