Como dice la monita…
A
uno desde chiquitico le llenan la cabeza con
cucarachas. La sociedad se empeña en emplear frases como “papito, ¿qué
quiere ser cuando sea grande?” o “usted tiene que ser un hombre de bien”, y mi
favorita “eso no está bien visto”. Todos esos cuentos que obviamente uno se
traga y que pa’ más piedra después de viejo se los sigue tragando.
Uno
está en el colegio, relajado, y de repente en la clase de religión le ponen a
hacer una cosa llamada “proyecto de vida”. Es decir, que quiere ser y hacer
cuando se le acabe la dicha de ser el consentido de los papás. Obviamente uno a
esa edad ni siquiera se conoce lo suficiente como para saber que es lo que
quiere y lo que no en esta vida, en este lugar llamado tierra en el que uno no
sabe si es o no necesario, si uno es especial, si uno hace parte de o no… en
fin, la juventud con todos sus líos
existenciales es un asco.
El
caso es que llega el momento en que uno tiene que pensar en serio, sentarse y
con toda la seriedad del caso analizar que se quiere ser, pa’ que estoy yo
aquí, pa’ donde voy. Algunos, encuentran la respuesta sencilla y saben que
tienen que hacer o en algunos casos más afortunados, a quién acudir, que dedito
mover para poder lograr eso que se han planteado. A otros como yo, o cualquier
otro estrato tres colombiano no les queda tan fácil.
Resulta
que uno sin querer, nació en una sociedad que con todos sus disparates y
contradicciones, es bastante cuadriculada. O díganme si miento al decir que,
aunque queramos o no, tenemos que hacer lo que hace todo el mundo: trabaje,
estudie, siga las normas, tenga novia, acuda a una religión, endéudese, compita
con su círculos social, fracase, y aunque nunca nadie lo dice, yo hoy si me
tomare el atrevimiento, “tenga momentos efímeros y diminutos de felicidad”. Lastimosamente
esa cosa no viene en gran cantidad.
Entonces
cuando uno se hace dueño de su propias existencia, se empieza a cuestionar. Se
hace consiente de que no le gusta madrugar, no le gustan las mujeres, no quiere
seguir estudiando, no quiere casarse, no quiere ponerse corbata, no quiere no
tener plata, no quiere sonreír a la compañera que le cae mal y mucho menos,
quedarse callado, haciendo cosas que por obligación TIENE que hacer. Esa
palabra “TIENE” me ha causado ya demasiados problemas.
Lastimosamente
uno no saca nada con saber cual es el problema. La rutina evidentemente es algo
que nos toca a todos, con sus horarios y sus límites de respeto, una libertad
limitada, ¡que risa!. El lio radica en saber qué hacer pa’ salir de ese video
en el que uno no se quiso meter. Yo por mi parte lo he pensado ya varias veces
y creo seriamente que mi destino está en caminar. En dos años, al terminar
mi universidad me iré, con mi mochilita
y mi carpita, mis tenisistos Nike y mis gafas finas a caminar, a recorrer el
mundo y a vivir el día a día. Pero espere, ¡pare!: se me olvidaba que primero
tengo que terminar de pagar la u y las otras cuentas, comparar la carpita y la
mochilita. Según eso, el viaje se aplaza un añito más, o dos, o tres. No sé.
Hijos,
padres, tíos, sobrinos, amigos, cabrones, feos, bonitos mios, todos, ¡todos
ustedes! y yo, estamos metidos en un
circulo vicioso. Me temo que la locura tal vez sea la última opción. La
invitación sin embargo es a poder darse al menos, la libertad y el gusto de
pensar, de sentir, de vivir, de ser lo que uno quiere, no lo que los demás
quieren que uno sea. Que su materia sea esa que no cabe en ningún molde.
Como
dice la monita, “Sé lo que quieras ser, Barbie Girl” <3

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