Al trote
El se encontraba entumido, aturdido, idiotizado, postrado en
una cama. La carga de la tristeza y la desesperación no le permitía conciliar
el sueño. Siempre supo lo que necesitaba pero nunca como conseguirlo y ahí
seguía, luchando contra el mismo.
Veía sombras que pasaban, algunas iban y venían, otras se
quedaban un rato y lo acariciaban, luego se marchaban. Ninguna fue constante,
solo una que duró un año. Prefería refugiarse en mentiras, eso era mejor que
aceptar una realidad que le había tocado y que el prefería no asumir.
Le tocó ser el, el sensible, el bipolar, la oveja rosada de
la familia. No dejaba nunca de pensar ni de sentir, su cuerpo era un imán de
sensaciones, lo que le permitía estar muy bien o muy mal constantemente. El
hecho de no poder encontrar un equilibrio le consumía la poca paz.
Un día sintió un impulso, se levantó de su cama y salió a
caminar. Sintió afán, prisa, y empezó a correr. Luego se sintió cansado, y
camino nuevamente. Cuando se repuso continuo trotando, y sin darse cuenta ya
había recorrido un largo camino, dejando atrás la cama y el pasado cargado de
sombras.
Decidió repetir esto diariamente, exorcizando sus demonios,
calmando sus ansias, luchando contra él. Por fin entendió que el equilibrio que
tanto había buscado estaba ahí, sintiendo y dejándose llevar por las cosas, las
buenas y las malas. Extinguió a las sombras, elimino su dolor, limpio su alma y
se cargó de sueños, de posibilidades, de nuevos caminos, de fuerza para
continuar.
A veces el joven se detiene por el dolor de sus piernas, sin
embargo aprendió a descansar, a respirar, a tomar un nuevo aire para poder
seguir corriendo. Entendió que nadie puede darle un mapa para vivir, por eso,
no se deja dirigir, guiar ni juzgar, y lo más importante a no acusar a nadie
más que a él mismo. En esa carrera no hay competencia.

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