Jugo de hombre




 Hoy quiero contar un cuento muy extraño. Se trata del amigo de un amigo que tengo en mi universo paralelo:

El sujeto tenía 20 años. Sabía que era una hueva que escribía huevonadas, un cagonsito disque rebelde que creía tener la razón de todo, con un ego inquebrantable, con propósitos corrientes y normales como los de cualquier otro young dreamer, pero a pesar de todo con ambición, mucha ambición.

El pelado se creía inteligente, calculaba movimientos que al ejecutarlos se le veían bien. Estaba medio loco pero esa locura le lucía. Era de esos que pensaba una cosa y de repente cambiaba de opinión. Era indeciso, impaciente, acelerado, extrovertido e irreverente. Era alto, pero no era su estatura lo que le permitía tocar el cielo con las manos sin zafarse del suelo, era su flexibllidad.

Andaba por ahí, suelto, sin rumbo. Buscaba el amor en redes sociales, bares, calles, buses, perfiles falsos. Tenía afán y sed de amor, lo peor o lo mejor es que nunca lo encontró. Quería lucir siempre bien, ser brillante y llamar la atención. Sentía la necesidad de impresionar y sonreía demasiado porque sabía bien que su sonrisa atrapaba almas.

Era sincero, decía lo que pensaba sin importar el momento, la persona o el lugar. No tenía trabas de nada, se desahogaba de cualquier manera. No tenía, como la mayoría de personas, un gran secreto que esconder. Él era un libro abierto a medio escribir.

En silencio pasaba algunas noches pensando, atando cabos para poder saber por qué putas no había podido encontrar a ese alguien que tanto esperaba, por qué carajos no podía dejar de buscar, por qué no existía ese ser perfecto que el añoraba. No sabía qué era lo que estaba haciendo mal. No podía ver más allá de su realidad porque le habían troncado ya muchas veces la posibilidad de soñar. 

Un día cualquiera, el sujeto conoció a una persona especial. Una que como las anteriores vino a su vida y se fue porque él lo quiso. Fue un turista igual a los demás, con la diferencia de que llego en el punto y en el momento preciso del viaje, y  fue eso lo que hizo el clic. En ese corto tiempo, se creó un pequeño cuento de hadas, un idilio que duro lo suficiente para cambiar, de alguna manera, la vida y la visión del pelao.

Sin ejemplos, ni actuaciones ni propósitos, el turista se convirtió en una lección para el sardino aquel. Fue la razón que la vida le regalo para entender, radical y precariamente, muchas cosas, buenas y malas, de su propia existencia. Fue el final de una etapa, el último peldaño de una alta escalera que ya se acababa para lanzarlo a un nuevo vacío. Falto decir que el protagonistas de este cuento siempre conto con muy buena suerte.

El hecho de que ya hubiese crecido un poco, de haber estado solo, de saciar momentáneamente su afán, sumado a la corta permanencia del turista, llevo al muchacho, un día cualquiera a reaccionar. Por fin logró entender y desenredar el nudo de lana que tenía en su cabeza y que se extendía hasta las arterias de su corazón. El cierre de ese ciclo, se dio básicamente porque el otro ya venía en camino. La vida necesitaba que el young dreamer comprendiera, de una vez por todas, unas cuantas cosas, o si no se iba a quedar ahí, negándose a su principio de no ser una oveja blanca y percudida como las demás en ese corral maloliente.

Por fin y gracias al cielo, logró entender que su cabeza  había sido una licuadora que funcionaba todo el tiempo. Ya debía detenerla porque el jugo estaba listo, el jugo de hombre. Ese lápiz que escribía el cuento dibujó un punto final, dejando atrás su alocada pubertad, su necesidad de hablar todo el tiempo, de ser el centro de atención, de opinar, de acelerarse, de encontrar respuestas, de buscar el amor, etc. Digamos que ascendió un punto en la tabla de madurez emocional porque la corporal ya estaba completa.

Se dio cuenta de sí mismo. Empezó a plantearse y a retomar metas. Recordó que quería viajar, estudiar, prosperar económicamente y todas esas cosas que hacen los súper manes, deseaba ser uno, el que tanto tiempo había buscado, pero no lo lograría si no cambiaba. Entendió que debía hacer que sus ángeles y demonios lograran convivir en el frasco que era él. Respiró y dio el primer paso, que se trataba de decidir sin regresar, de partir para continuar, de dejar la guebonada.

Finalmente el muchachito dejo se ser un niño grande para convertirse en un proyecto de súper hombre. Entendió que debía dejar de pretener proyectar algo, o al menos debería buscar nuevas formas de hacerlo como escribiendo por ejemplo. Se hizo consiente de los peligros, de las injusticias, de la mierda de su alrededor y no le quedó otro remedio que creerse fuerte para finalmente serlo. Capto cuales deberían ser sus verdaderas prioridades y solo así supo valorar y disfrutar más, mucho más, una buena charla con su madre que una rumba con sus amigos. Aprendio que no todo el mudo lo merecía y que el no merecía a nadie, que no debia juzgar porque el papel de Dios, de niño bueno y perfecto no le quedaba para nada.

Lo más importante para el, fue aprender a quererse, valorarse y resptarse, a el y a su desequilibrio. Solo así lograría esa felicidad de la que todos hablan. 


Pstd: El pelao que ya no es tan pelao, ¡es una chimba de man!

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