Más allá de tres narices



La esencia de Arbeláez, trabajo de campo





‘Un trabajo que surgió como una obligación académica y se convirtió en una lección de vida, una nueva visión para tres jóvenes periodistas que descubrieron en dos días el valor de su profesión, conociendo un entorno lejos del confort, más allá de sus tres narices’.
Camilo Ramírez Hurtado, Ivonne León, Nathali Martinez.


De Bogotá a un lugar desconocido

Según lo acordado a la 1:00 p.m., el equipo de trabajo se reuniría en el módulo amarillo de la Terminal de Transportes de Bogotá. Era la 1:45 y Camilo estaba sentado en el suelo junto a la puerta con su maleta vieja, una carpa, su cigarrillo, poca ropa y con un aire de tranquilidad después de haber tomado dos buses, uno correcto y uno mal visto (no por miope sino por torpe). Mientras tanto desde Álamos norte, en un colectivo ‘Germania’ venía Nathali junto con su hermana Lucelly quién la acompañaría a realizar el trabajo. Al bajarse, recibe la llamada de Camilo quien le indica donde se encuentra. Finalmente, a  eso de las 2:00 p.m. se reúnen. Solo falta Ivonne que se hallaba en camino desde el Nuevo Muzu al sur de la ciudad; diez minutos después el equipo se encontraba completo y listo para emprender el viaje.

Después de haber acordado un par de puntos, calculado el presupuesto, haber hecho el inventario de las pocas pertenencias y esperar a que Camilo decidiera apagar su cigarrillo, llegaron a dos conclusiones: por un lado había poca plata pero muchas ganas y por el otro habían muchos nervios y poco tiempo. Entonces decidieron (con toda la actitud del caso) entrar y comenzar a cotizar los pasajes.

De inmediato con la paranoia típica de los periodistas afiebrados empezaron a tomarle fotos a todo lo que se les ocurriera, sí, como esos turistas gringos, ingenuos y flacos. Mientras Nathali preguntaba en tres taquillas diferentes el valor de los pasajes, Ivonne tomaba fotos y Camilo grababa: ‘Son las 2:30 de la tarde, del 10 de octubre del 2012, nos encontramos en el módulo amarillo del Terminal de Transportes de Bogotá, y nos disponemos a viajar a Arbeláez Cundinamarca. En este momento estamos averiguando los pasajes, los buses salen a las tres de la tarde’. Era tal el nivel de ansiedad y torpeza que no se percató de que el 10 de octubre había pasado hace ya 30 días. 


Foto innecesaria: Tiquete flota Rionegro. Bogotá – Arbeláez Cundinamarca


Después de comprar los cuatro pasajes se acordaron que tenían hambre y ganas de entrar al baño, así que entre todos compraron paquetes grandes de comida chatarra y gaseosas, algo leve que llenara y no atentara contra su poco presupuesto. Nathali, Ivonne y Lucelly fueron al baño mientras Camilo se quedó cuidando las maletas, devorando gaseosa y ‘todo rico’.

A las tres en punto abordaron la flota, después de haber sido un día muy soleado se ponía gris, una buena despedida de la tierra fría que tanto amaban. En la pequeña flota se encontraban alrededor de 9 pasajeros es decir, cinco desconocidos más, pero la dicha poco, pues a la media cuadra del terminal, por la zona industrial, empezó a abordar más gente, entre ellos un joven, al parecer estudiante de medicina que a propósito, por un frenón del bus, callo románticamente en sobre Lucelly, como en el primer capítulo de las trilladas telenovelas mexicanas.


Sabían de dónde pero no hacia dónde. Jóvenes Periodistas

La flota salió de Bogotá por el sur, así que sin querer pasaron nuevamente por la casa de Ivonne, lo que le provocó un ataque de ‘mamitis’. En ese momento empezó a llover fuertemente, y la gente sin pensarlo dos veces se subió al bus, sin importar que el resto del viaje fuera a pié.

El equipo se acomodó en los asientos traseros de la flota. Junto a Nathali se sentó una mujer corpulenta, quien llevaba en las piernas a una niña de más o menos siete años. En la mitad del camino, la niña, que a propósito tenía un cabello largo al estilo Rapunsell, inició el ritual del mareo colectivo, armada con una bolsa blanca que su madre sostenía, mientras ella invocaba a los tres dioses del vómito que Camilo ya conocía desde su niñez: ‘Huuugo’, ‘Waaalter’ y ‘Joooaquín’. El momento fue incómodo y las caras pálidas, y los gestos de ‘abra la verraca ventana’ se hicieron presentes.

Pasaron por lugares como Trayecto de San Miguel y Aguaditas, pequeños corregimientos que parecen perdidos en la mitad de la carretera que a propósito se encontraba en muy malas condiciones. Para rematar, Ivonne celebraba (apretando sus audífonos y comiendo uña) la victoria de Millonarios, su equipo del alma.


Un caballo saludable y flaco


Finalmente la flota llego al terminal de Fusa, donde Camilo aprovechó para fumarse otro cigarrillo, Nathali para estirar las piernas e Ivonne para comer chocorramo. En ese momento ya se habían bajado más de la mitad de los pasajeros en pueblos anteriores; arrancó nuevamente y media hora después ya se hallaba en Arbeláez.

El llamado ‘los pasajeros de Arbeláez ya llegamos’ los tomó por sorpresa. Se bajaron desprevenidos y fue en ese momento donde cayeron en cuenta de que no tenían ni la más mínima idea de donde estaban, eran cuatro rolos con maletas y carpas, en un pequeño pueblo. Por obvias razones su presencia no pasó desapercibida.

El primer instinto fue acercarse a la plaza principal del pueblo, se percataron de que ya eran las 6:30 de la tarde, y viendo que ya el sol no los protegía se alcanzaron a preocupar un poco, sin embargo el ambiente tranquilo del pueblo los relajo levemente. Cada uno llamó a sus familias para avisar que ya habían llegado, y con una queja que no pretendía sonar alarmante sostuvieron el mismo dialogo con sus padres: ‘Si ya llegamos y vamos a mirar a ver que hacemos’. Durante la conversación telefónica con su madre Ivonne se reía. Al colgar, contó que su madre le advirtió que tuviera cuidado que ‘no faltaba el que los quisiera coger’, ese coger en tono de ‘para nada bueno’, como lo hacen las mamás, un comentario jocoso que los cuatro rolitos indefensos disfrutaron.

Luego de que Camilo terminara otro cigarrillo se acercaron al primer restaurante que encontraron abierto para solicitar un baño. Se llamaba Pablo’s, y ya se estaba cerrando. Mientras el resto del equipo ingresó tímidamente al restaurante, Nathali, con la mayor frescura del mundo inició un dialogo con un hombre que por fortuna resultó ser don Pablo Enrique Buitrago, el propietario del lugar. Muy amablemente les rentó el baño por $ 500 mientras escuchaba atentamente a los cuatro forasteros quienes argumentaban no tener un lugar donde hospedarse. En ese momento apareció el señor Pablo Buitrago, él era ‘el Junior’, el hijo y por derecho propietario también del sitio. Sin pensarlo dos veces dijo ‘espéreme yo hago una llamada’ y en dos minutos ya tenía un sitio donde dejarlos pasar la noche.


Mi hijo se llamará así, Pablo. ¡Benditos sean!


Se trataba del condominio Santa Mónica, donde tenían un terreno extenso. Por la forma de vestir, la magnitud del restaurante, el número de empleados y el trato de la gente que ingresaba al lugar, se notaba que los ‘Pablo’s’ eran personas respetadas e influyentes en el pueblo. Pablo Junior puso el lugar a disposición de los periodistas diciendo ‘ahí pueden armar la carpa, se les habilita su baño, hay corriente, y pues también está la piscina’, en ese momento los ojos de Camilo se iluminaron cual canicas.

El haber llegado justo a ese lugar y haber hablado justo con esos dos hombres desconocidos, fue un excelente presagio, es decir, llevaban menos de diez minutos en el pueblo y ya habían encontrado un lugar donde hospedarse. Lo mejor de Arbeláez, sin duda alguna, es su gente, realmente amable, confiada y servicial. Ahí entendieron porque este municipio es conocido como la ‘ciudad tranquila y acogedora de Colombia’.


Pablo Junior, el ángel de los cuatro rolos


Mientras ultimaban detalles de la estadía, los periodistas empezaron a conversar con Pablo Junior, un hombre de aproximados 35, bien hablado, con un tono de voz amigable y un gran carisma. No fue difícil apreciar que se trataba de una persona educada, que a pesar de haber vivido desde siempre en el pueblo, se diferenciaba bien del resto de las personas, es decir, evidentemente era un caballero que conocía bien el lugar y su posición en el.

Sin querer, en un dialogo casual se fue dando la primera entrevista, y fue ahí, en ese momento, donde el instinto periodístico hizo erupción; como un juego de palabras, una lluvia de preguntas torpes y desordenadas que sin más ni menos dieron como resultado un listado de respuestas,  una descripción resumida del lugar que los recibió con los brazos abiertos.



Arbeláez según su gente


No es ciudad, es algo mucho mejor


Sin lugar a dudas lo mejor que tiene el municipio es su gente: personas sencillas, amables, hospitalarias, tranquilas. No tuvieron ningún problema con permitir a cuatro jóvenes pálidos e inexpertos, acercarse a sus casas, a su pueblo, a sus familias, para intentar por un momento, meterse en sus zapatos y conocer ese lugar a través de sus propias pupilas. Ellos, a diferencia de nosotros los citadinos, no tienen miedo de la gente, valoran y respetan su pueblo y lo demuestran con cada acción. Lo conocen todo y todos responden del mismo modo, sin titubear.

Pablo Junior, por ejemplo, en cuestión de diez minutos les hizo un recuento del lugar, parecía uno de eso buenos amigos de toda la vida que no se ve muy seguido, que los invita con agrado a conocer su casa. En su restaurante y luego en su carro (sin pensarlo dos veces dejo que los cuatro rolos se montaran con todas sus maletas en su Swift), camino al condominio donde permitió a los periodistas hospedarse, les habló sobre su adorado Arbeláez. A continuación, el resumen:

Arbeláez Cundinamarca es un municipio dedicado principalmente a la producción agrícola. Allí Se cultiva una gran variedad de frutas, destacando la mora, mango, guayaba, habano; verduras como la habichuela, el tomate, y tubérculos. También es un municipio conocido por la ganadería. Los alimentos producidos son enviados - Según Pablo – directamente a Bogotá a la central de Corabastos pero algunos son comercializados en Fusagasugá.

Desde la firma del TLC (Tratado de Libre Comercio) se ha producido cierta incertidumbre entre los agricultores, quienes de alguna manera temen la posibilidad de percibir cambios en los precios de los artículos que les competen como insumos agrícolas e  insecticidas.

Otra de las principales actividades económicas de Arbeláez es el turismo, según Pablo hay muchas personas de Bogotá que poseen fincas y lugares de retiro para los fines de semana. A pesar de esto los residentes aseguran que es un municipio muy tranquilo, no ha habido mayores problemas de seguridad y que la Alcaldía se ha esforzado por mantener la tranquilidad entre los arbelaezunos. Además, muy cerca a la plaza principal se encuentra un batallón del ejército. En general se percibe un sentimiento de conformidad y alto sentido pertenencia, la gente ama su pueblo, lo valora, lo respeta y lo refleja en el trato que le dan a los visitantes.


Uno de los lugares de recreación. La el agua la clara, el sol radiante


Pese a que en este lugar se cultivan cientos de alimentos, la demanda de la tierra es escasa, según Pablo, hay muchos terrenos por vender en las veredas aledañas. Gracias a esto el municipio no ha sido afectado por el conflicto armado, o por lo menos no con grandes repercusiones.

Cuando en la primera entrevista el equipo decidió indagar sobre las principales problemáticas que se desarrollan en el municipio, se encontró con respuestas que de alguna manera produjeron un sabor agridulce: la gente no se queja de nada, no hay problemas mayores. Esto, para efectos periodísticos es desalentador. Al parecer no había noticia, no había materia para extraer, no había nada para impresionar. Por otro lado, el lado dulce, estaba en conocer un lugar donde no hay peligro, donde se nota la tranquilidad de la gente, donde realmente cualquier persona es acogida.

Una de las más grandes lecciones que se aprende en estas circunstancias como periodista es: si bien se debe esperar algo de la noticia, hay que tener la duda siempre. Nunca sabemos con qué o con quién nos vamos a encontrar, que puede suceder, que nos puede sorprender. Siempre se puede intentar ir más allá de un simple testimonio, analizar con cada sentido, conocer, respirar y masticar la información.

En medio de la entrevista, al ver que Pablo no identificaba ninguna problemática y al saber que no todo podía ser tan perfecto en ese lugar, Camilo, atendiendo a las miradas de Ivonne y Nathali, perspicazmente propuso temas casuales, quejas que se escuchan en cualquier lugar y fue entonces cuando se identificó el primer problema: movilidad. Las vías de acceso a Arbeláez se encuentran supremamente deterioradas, un factor que no solo afecta al sector turístico sino a la misma economía del municipio, teniendo en cuenta que sus productos son comercializados en Fusagasugá y Bogotá.

El hallazgo a pesar de ser evidente y de representar un problema al que ya estamos acostumbrados por ser un karma que se vive en todo el país, es un asunto que para un municipio tan pequeño, de aproximadamente 13 mil habitantes como lo es Arbeláez, repercute fuertemente. Esto obedece a que la mayoría de este territorio se distribuye en pequeñas veredas donde viven familias campesinas, que producen y viven de su actividad. Son ellos mismos quienes de no encontrar una solución por parte del estado para este problema, se verán obligados a abandonar su actividad, posiblemente, por la poca demanda de sus productos o la dificultad para su venta.


Así son la mayoría de las vías, denotan abandono, nada raro




La parte humana del periodista

A eso de las 7:30 p.m. Pablo junior llevó en su carro a los periodistas hasta el condominio Santa Mónica, ubicado a cinco minutos de la plaza central. Después de mostrarles el lugar, regreso a su restaurante que ya estaba próximo a cerrar. Mientras tanto, el equipo se dispuso a ‘instalarse’ es decir, armar la carpa que Camilo llevaba, desocupar sus maletas, contar nuevamente el poco presupuesto, cargar las cámaras y celulares, y comentar sobre la fortuna de haber encontrado a un hombre tan generoso. Se sentían los más afortunados de la galaxia, así les tocara dormir en el piso, literalmente. El sitio era bastante agradable, junto a la piscina, en un rincón, tranquilo, con el susurro típico de la tierra caliente, los grillos y el soplo de la brisa que apaciguaba el calor, un calor que era soportable y generoso con los huesos y la sangre culturalmente fría de los cuatro rolos. Sentían la responsabilidad de hacer un buen trabajo aunque el entorno les sugiriera relajarse y pretender estar de vacaciones.

Nathali con su actitud maternal, organizo un par de cobijas como colchón para poner en el piso de la carpa. Las almohadas eran toallas y sacos, las puertas dos cremalleras y el aire acondicionado una pequeñísima malla ubicada en el techo. Ivonne contaba sus montañitas de monedas, mientras tanto todos se reían del sabio consejo de su madre, ese de no dejarse coger de nadie. El hambre les ganó, por eso decidieron destapar un paquete de comida chatarra, un té y los ‘bon bon bum’ que habían comprado desde Bogotá, por lo menos mientras encontraban algo de comer.


El acogedor hotel. Y no, no es sarcasmo


Ya eran las 8:00 p.m., como era sábado y los periodistas jóvenes, decidieron regresar al pueblo y ver un poco más. Se cambiaron y tomaron camino nuevamente después de haber dejado todo debidamente ordenado. En el camino se dieron cuenta que sus cámaras eran pésimas pues ninguna logró capturar ni una sola buena fotografía, además el pueblo era más lejos de lo que creían, sobre todo a pié.

Mientras caminaban y charlaban sobre su aventura, sorprendidos por la soledad del sendero, Nathali recibió una llamada de su amado, en ese momento entre las rejas de una finca al lado derecho, allá en lo negro donde no hay luz, se escuchó una voz masculina que susurró ‘uy que rico mami sexo’ (de hecho el sujeto dijo ‘sedso’). Camilo lo escucho perfectamente y mientras que seguía caminando con una risa nerviosa, se dio cuenta que Ivone, Nathali y Lucelly corrían despavoridas como esas palomas de la plaza de bolívar, caminando pero trotando a la vez sin que se dieran cuenta. Se acercaban cada vez más al pueblo, lo sabían porque había luz. En medio del susto se rieron del comentario del enfermo aquel y continuaron. Eran conscientes de que debían memorizar el camino, y lo intentaron.

Llegaron a la plazoleta central de Arbeláez, nuevamente. Observaron alrededor y realmente la oferta para comer no era mucha: asaderos de pollo, tiendas llenas de ebrios, ensalada de frutas y otro lugar donde vendían pollo. Sin más remedio optaron por la primera opción, un pollo asado para cuatro, con gaseosa colombiana. Terminaron de comer y salieron a caminar. Mientras Camilo se fumaba un cigarrillo, se veía la gente sentada en el parque, algunos bebiendo, los niños jugando, las parejas con los ojos hechos corazones y así, las cosas típicas e inofensivas que se ven en un pueblo y que de alguna manera dan cierta tranquilidad.

El clima ameritaba una cerveza así que les tocó consumir, para no desentonar. Caminaron hacia el polideportivo donde había un evento según les habían contado. En el camino pasaron por otro parque, y el hospital que quedaba justo en frente. Por lo visto, al menos en infraestructura estaban bien, habían alrededor de cinco ambulancias.

El ambiente era tranquilo, alegre, de hecho sí, se sentían como de vacaciones. A la entrada del polideportivo había un par de bachilleres de la policía requisando. Al ingresar al recinto, tal vez por las pintas, por el color pálido luminoso de sus pieles, las cámaras en las manos o las gafas blancas de Camilo, los cuatro rolos nuevamente se veían ante los espectadores como bicho raro, ellos afortunadamente eran conscientes. En la tarima, el DJ ponía a sonar reggaetón del viejo y merengue. El panorama era algo cómico, las niñas a un lado, los niños al otro, divididos en pequeños grupos que se miraban unos entre otros. Eran poco los valientes que se atrevían a bailar, los rolos lo hicieron.

Luego de un rato el ambiente se tornaba tedioso, además el equipo estaba cansado y quería por lo menos sentarse. Comenzó la premiación de los equipos deportivos del municipio, ahí la cosa se tornó aburrida y los cuatro abandonaron el lugar, realmente no había nada que hacer allí.

Se dirigieron nuevamente a la plaza central, hablaron un rato, se dieron cuenta que acababan de estar en una miniteca y fue un momento realmente divertido. Como a eso de las 11:00 p.m. decidieron regresar a su ‘hotel’ de tela. En el camino, se dieron cuenta que no habían hecho bien la tarea de memorizarlo pues a pesar de no saber dónde estaban, sabían que estaban más que perdidos. El panorama era desolador, no se veía ni gente, ni carros, ni luz ni nada. Ivonne, Nathali y Lucelly estaban asustadas y Camilo aunque intentaba disimularlo también. Dieron una voltereta, pasaron por la universidad UNAD (Universidad Nacional Abierta y a Distancia), una carretera, calles destapadas y como a los diez minutos encontraron el camino nuevamente. Llegaron al condominio un poco asustados, el episodio pasó de ser un momento de torpeza jocoso a ser un estado de caos a pequeña escala (aunque nadie lo dijo todos vieron pasar sus vidas frente a sus ojos en un segundo, como en esas películas de terror gringas).

La puerta del condominio estaba cerrada, después de cinco minutos se dieron cuenta que el timbre era una sirena ubicada en un poste. Con cara de sueño salió Don Carlos vigilante y cuidador del conjunto. Ya conocía a los periodistas porque don Pablo, muy gentilmente ‘se los había dejado recomendados’.

Se cepillaron los dientes, se rieron un poco más, hablaron sobre los planes del día siguiente y se acostaron a dormir. Quedaron fundidos como resultado de una gran jornada agotadora, un día más allá de lo normal. Durante la noche se la pasaron halando la cobija de un lado al otro, Camilo no dejo de roncar y el suelo duro no fue muy amable.

A las 6:00 a.m. comenzó a sonar la alarma de los celulares, los típicos cinco minuticos más se convirtieron en media hora para las mujeres y en una para el roncador, quien al despertarse no encontró a nadie más que el sol. Se recostó un rato más en el borde de la piscina y obtuvo sus otros ‘cinco minuticos’.


El sol de Arbeláez saludando a los habitantes del hotel de tela


A las 8:00 a.m. ya estaban listos. Las carpas desarmadas, las maletas listas, cámara y grabadora en mano y por supuesto ganas, muchas ganas de saber qué más podrían encontrar en ese hermoso pueblo.


Con los seis sentidos


Se dirigieron nuevamente al pueblo, en el camino pasaron por lugares como la plaza de exposiciones de ganado, la escuela, la bomba gasolinera principal, el parque de los novios y el hospital nuevamente.


Breve recorrido, lo típico


Les pareció cordial dirigirse a saludar a los Pablos y agradecerles, de paso desayunaron en su restaurante. El tamal, los huevos pericos con cebolla y tomate cultivado en esas tierras y los jugos de frutas frescas, del campo fértil, fueron placenteros, apaciguaron el hambre y renovaron rápidamente la energía. No dejaban de sentirse afortunados, valorando cada bocado de comida que en compañía del calor insistente representaban un manjar.


Manjar de Dioses pobres y felices


Al terminar de desayunar dejaron de ser mortales quejambrosos y turistas para ponerse nuevamente el uniforme de periodistas. La siguiente parada era la galería, lo que nosotros conocemos como plaza de mercado. Se abre los días domingos, como en la mayoría de los pueblos, la oportunidad perfecta para conocer a los campesinos, a los residentes, a los vendedores, a los consumidores y junto con ellos todas sus historias que resultarían dándole una nueva visión a su trabajo e incluso a sus vidas.
                                                                                                                            
La galería era un lugar pequeño, lleno de frutas y verduras, gallinas y personas sencillas de todo tipo, ancianos, jóvenes y niños. Lo más común de todo el panorama era la gente vestida de blanco, sobre todo los mayores. El séptimo día de cada semana, al parecer, es el más importante para los arbelaezunos, las mujeres se ven bien arregladas y radiantes, la oportunidad perfecta para sacar a pasear sus bolsos de cuerina. Los hombres orondos con sus sombreros y aun así bien peinados. Horas más tarde confirmaron que la costumbre es vestirse como tal para ir a uno de los lugares más preciados y sagrados, la iglesia que está abierta desde la primera hora de la mañana.


Dos sentidos: ver y escuchar

Caminando por la pequeña galería, además de la gente, los alimentos, las gallinas gordas y vivas listas para ser desplumadas, tres gatos cachorros que estaban a la venta por diez mil pesos (la unidad), las flores, y las cosas normales de una plaza, habían detalles particulares: diálogos amables entre personas, saludos cordiales y calurosos, un puesto de postres caseros, combos de vino de flor de Jamaica y guatila (conocida también como la papa de pobre), y nuevamente los cuatro rolos color blanco leche.

Con cierta timidez los periodistas comenzaron a realizar su trabajo, entrevistar. La primera fue una mujer que se encontraba sentada en un muro, observando a las gallinas y esperando a alguien. Era tímida, de aspecto humilde, cuarenta años aproximadamente y como toda la gente del lugar, amable. Le explicaron que eran periodistas que adelantaban un trabajo de campo en el municipio y le preguntaron si le podían realizar algunas preguntas. Con tono de ‘como que si como que no’ respondió “bueno”.


La galería, nunca se supo porque se llama así

Su nombre es Graciela Camacho, una campesina que lleva, según ella, toda la vida viviendo en Arbeláez. Cuando le preguntaron por su trabajo dijo sin dudar que se dedicaba a sembrar, a los campos, cultiva habichuela, arveja y tomate. Advirtió que además de eso en esas tierras se da también el café y la caña, entre muchos otros alimentos.

En ese momento, cuando le preguntaron sobre la comercialización de sus productos, como el rabo de una luciérnaga, se ilumino una respuesta que apaciguaba la curiosidad de los jóvenes, no podían creer que la vida en ese lugar fuera tan perfecta, y la mujer lo confirmó: Su mercado es vendido en Fusa, cuando Camilo pregunta - ‘¿en Fusa?’ - ella responde – ‘Si, todo esto es revendido, esta gente va y trae de Fusa. En Fusa compran barato y aquí revenden y lo que debería era haber un buen comprador aquí para que no salga eso pa’ fusa sino aquí mismo uno vender, lo que dé el campo. En fusa tiene salida todo’ -.  De forma directa, sin trances ni titubeos, Graciela identificó un problema que denota la avaricia y el alcance de los grandes monopolios. Los alimentos que esta mujer cultiva, es decir, su fuente de trabajo y subsistencia, son comprados a bajo precio, por un gran comercializador de Fusa, que vende hacia la capital y revende nuevamente en Arbeláez a mayor precio. Siendo justos, es doloroso conocer una realidad así. El desarrollo de este municipio esta troncado porque simplemente sus productos no dan rentabilidad.

Las manos de la campesina denotaban sus años de trabajo y su ropa, lo mal agradecido que es el sistema. La voz lastimada soplaba palabras que resumían su comprensible inconformidad: ‘el problema es que para el campesino todo quieren como más regalado, más barato, y valla uno a comprar los abonos, lo que le toca a uno, hasta un trabajador’ lo que quiso decir en medio de sus palabras es que simplemente lo que producen no les deja ninguna ganancia, como dicen las abuelas ‘le sale lo comido por lo servido’.

Cien mil pesos cuesta el bulto de abono, en las cosechas debe contratar tres trabajadores que cobran a 25 mil pesos la jornada (el día), y haciendo cuentas, sin necesidad de ser un matemático, es evidente que esta mujer no gana nada, pero si no trabaja tampoco vive. Un círculo vicioso de pobreza, donde quien produce sigue igual y quien es inteligente gana más por hacer menos. El campo sin lugar a dudas no es nada fácil. Ella lleva diez años trabajando su tierra, alistándola primero para que sea productiva y hasta ahora empieza a ver ganancias de diez mil pesos de vez en cuando, nada equitativo.


Los gatos, a fin de cuentas, siempre son iguales. Ellos no engañan al tacto.


Caminando un poco más, el equipo se encontró con una jaula que estaba en el suelo. En ella habían tres gaticos de un mes, su ternura llamaba la atención de todos los presentes, por lo mismo decidieron acercarse. El dueño de inmediato pego un salto ofreciéndolos, valían diez mil cada uno. Dijo que solo le quedaba un machito como con tono de pesar, fue inevitable preguntarse ¿será esto algún tipo de machismo?, en fin, ellos continuaron.

Junto al hombre de los gatos se encontraba una mujer joven con su hijo no mayor de seis años. De inmediato Camilo le pidió una entrevista y ella con pena respondió que si, en ese momento se acerco un señora de edad, con ojos claros y un actitud arrolladora, una de esas personas que sin hablar tienen un ángel especial. Ellas eran Myriam y Ermencia respectivamente. Al preguntar cual era su parentesco respondieron ‘Vecinas’ así con tono de sólo eso, aunque en fondo se notaba que llevaban poco tiempo de conocerse.

Myriam lleva más de 20 años viviendo en Arbeláez, es ama de casa y trabaja en oficios varios. Doña Ermencia es del campo, vive allí, como ella dijo, desde antes de nacer, se dedica a cultivar la tierra. Calculando tiene ya más de 70 otoños, como todas las demás iba bien arreglada, con su ropa blanca y limpia y sus aretes de acabado artesanal. Tenia un tono de voz particular, como el de las abuelitas típicas, tierna, sin pelos en la lengua, sin pena. Por alguna razón se quejo de todo lo que no le parecía, fue divertido ver que la entrevista se torno jocosa, como una conversación entre dos vecinas chismosas, por las poses, los gestos, las sonrisas y los comentarios picaros de la abuela.


Ermensia, la voz de la experiencia y la queja.


La primera queja de doña Ermencia fue que el comité les dice a los campesinos que siembren café, pero con la ‘roya’ (plaga) y el invierno, los cultivos se dañaron y están decaídos, además les toca comprar la mata y pagar el transporte de la producción. Ella cultiva platano, tiene terreno para alimentar vacas, matas de caña y frutales. Cabe aclarar que a todo lo anterior le agrego diminutivos, tal vez con la intención de dar pesar o posiblemente porque realmente así era.

Dice que ya no tiene ni plata ni salud para trabajar en la tierra, vive solo con un ‘muchacho’ al que le dio un cuarto en su casa para que la acompañara en las noches. Al escuchar la afirmación todo el grupo se sonrió y ella, hábilmente aclaro ‘el en su cuarto y yo en el mío’. En un momento ambas mujeres hablaban de la mismas cosa, al mismo tiempo pero con palabras diferentes, como si necesitaran a alguien que las escuchara desesperadamente.

Al hablar sobre el tema de la seguridad en el municipio, Ermencia responde que guerrilla si hay, eso si se ve por ahí, pero lo dice con cierta frescura. Evidentemente si la hay no los afecta. Se queja también de que las carreteras no sirven para nada, ‘¡Usted sufre!’ agregó. Teme enfermarse nuevamente a media noche, porque una ambulancia no podría llegar hasta su finca, que queda en la vereda San Luis, a una hora del pueblo. Argumenta que el mal estado de las vías le ha impedido vender sus tierras.

Si bien las mujeres agradecen el subsidio de familias en acción otorgado a los niños del municipio, identifican otro problema, el mismo que se vive en todos los estratos bajos del país: el mal servicio en el sistema de salud. Según Myriam, en ocasiones cuando dan ordenes para exámenes  médicos, las autorizaciones tardan hasta dos meses. Este factor atemoriza a los campesinos, quienes saben perfectamente que de su estado de salud depende su calidad de vida y la de sus familias. Además les afecta el hecho de no tener ninguna garantía, reconocen el valor de su trabajo y sugieren el derecho a subsidios, pensiones y control en los precios, nuevamente nace la queja de que al parecer lo de los campesinos no vale.


El puesto de postres en contraste con el de su derecha: Vino de flor de Jamaica y guatila


Después de haber estado un largo rato en la galería el equipo se dispuso a salir e ir a otros lugares del pueblo pero antes, un pequeño puesto de postres les llamo la atención. Se acercaron y de inmediato, su propietaria, de manera muy amable, ofreció una degustación del yogurt casero que ella misma fabricaba. Mientras la mujer exponía sus productos, Nathali, entre chiste y chanza, sobornó la compra a cambio de una entrevista, aunque a fin de cuentas Camilo también resultara dejándose seducir por el sabor. Fue inevitable no comprar.

La mujer de los postres era Gilma Cobos, de aproximadamente treinta años, bien hablada, impecable y como toda la gente de Arbeláez acogedora. Se define como comerciante independiente, tiene una pequeña empresa de productos lácteos, los cuales vende cada domingo en la plaza de mercado. El resto de la semana se dedica a su hogar y el día sábado a su estudio (pedagogía infantil). Nació en Bucaramanga Santander pero lleva 24 años instalada en el pueblo.

Les conto a los periodistas que en Arbeláez se cultiva una gran variedad de alimentos, en la parte alta (fría) se cultiva la granadilla, la guatila, la mora, entre otras, y en la parte baja, aunque en menos proporción con el paso del tiempo, la caña. Argumenta que los cultivos han disminuido porque la gente emigra y no hay quien trabaje en los trapiches. Los alimentos que se producen son comercializados directamente en Bogotá, un dato que reitera las entrevistas anteriores.


Yogurt y postres caseros hechos en Arbeláez, ¡exquisitos!


Reconoce que su pueblo es la ciudad tranquila y acogedora de Colombia, se ha caracterizado por no tener problemas de seguridad y por ser un lugar muy agradable para residentes y turistas. A pesar de esto, cuenta que últimamente se han presentado robos y riñas en las fincas y en el pueblo, sugiere que sea por causa de los forasteros de veredas aledañas. Se queja de que hay pocas oportunidades de empleo y capacitación. Quienes quieren estudiar deben desplazarse hacia Bogotá o a Fusagasugá, porque la sede de la UNAD la inhabilitaron.

Habla sobre la división política del pueblo, según lo que describe hay dos grandes oligarquías en el lugar que han perdurado por mucho tiempo. No se atreve a decir nombres, simplemente los describe como personas, una que trabajó mucho por el municipio y que fue despojada hace poco del poder. Ella es de esas personas que no se atreve a hablar mal de nadie. Toca otro punto que ya conocían, la infraestructura vial. Asegura que el mal estado de las vías afecta sobremanera el desarrollo del lugar. En el invierno es donde se acentúa más el problema.

Hablando sobre el conflicto armado, Gilma les contó que alrededor de diez años atrás, la guerrilla se tomo el municipio. Este hecho estancó la economía porque la gente de las veredas prefirió huir, y el turismo decayó. En el Gobierno de Álvaro Uribe, con su política de seguridad democrática, el pueblo volvió a ser un destino turístico y seguro. A pesar de eso, la gente sabe quien pertenece a esos grupos y saben que están presentes, pero como siempre, la ley del silencio predomina y nadie sabe nada más. Hablando del tema se torno un poco nerviosa.

Finalmente, dando por terminada la intervención, a Camilo se le ocurrió la idea (saliéndose del guion), de preguntar como definiría a Arbeláez en una palabra. Gilma lo pensó y afirmo: cálida. De igual manera era una respuesta lógica y evidente.


El cementerio, tranquilo, pequeño lleno de misterios y sabiduría.


Luego de estar en la galería los cuatro rolos salieron nuevamente a seguir recorriendo el pueblo. Pasaron por la puerta del cementerio que se encontraba medio abierta, se acercaron a observar y en ese momento apreció una familia con un ataúd pequeño, no se supo si eran cenizas o el cadáver de un bebé. Preguntaron si podían ingresar y les respondieron ‘claro’. Al entrar, Camilo inició una reflexión sobre la tranquilidad de estos lugares, Nathaly se dispuso a mirar algunas tumbas e Ivonne a recordar. Fue un momento sereno, con un aire de respeto y melancolía que de alguna manera los incentivó a continuar su camino. Estar más tiempo en ese lugar, por alguna razón, no era nada bueno.

El equipo regreso a la plaza central, donde se adelantaba un teletón a favor de los discapacitados. Se presentaron varios grupos musicales, bailarines, policías y los gobernantes del pueblo, además de los patrocinadores del evento que consistía básicamente en que la gente se acercara y donara recursos.

La gran mayoría de arbelaezunos disfrutaban del evento. Unos tomaban cerveza, comían helado o simplemente observaban. Formaron una gran capa de ropa blanca, frente a la iglesia principal y el ambiente era entre muy alegre y muy aburrido.


Teletón, al mejor estilo de Arbeláez


A eso de las 11:00 a.m. después de asistir un rato al evento, regresaron al condominio para recoger las maletas. Se tomaron un momento para relajarse y disfrutar por un momento más de tan plácido lugar. Camilo no se aguantó las ganas y se metió un chapuzón en la piscina, después salió a broncearse un poco. Finalmente se alistaron y partieron de regreso hacia el pueblo, no sin antes despedirse y agradecer a don Carlos por la atención prestada.


La despedida

Después del medio día Nathaly, Ivonnne y Camilo se dirigieron hacia el pueblo para buscar algo de almuerzo, en el camino mentalmente se despidieron de aquel lugar que tanto les gustó, que les brindo una grata experiencia y los alejo por un momento de una realidad llena de calamidades e intranquilidad. En un solo día renovaron sus espíritus  con el olor del campo, con sus seis sentidos puestos en una misión.


Las últimas miradas al lugar


El pueblo para ese momento se encontraba lleno de gente, el único lugar para almorzar era nuevamente el restaurante de los Pablo`s no por poca clientela sino porque era el que contaba con mayor capacidad. Recomendaron a Pablo junior una mesa, mientras Nathali y Camilo se dirigían a comprar los pasajes e Ivonne junto a Lucelly cuidaban las maletas. El último bus salía a las 3:00 p.m. lo que quería decir que contaban con menos de una hora y media para almorzar.

A las 2:00 p.m. ya estaban almorzando. Esta vez se trataba de: carne, plátano, cebolla, tomate y papas, alimentos cultivados en esa región que les contó tantas historias en tan poco tiempo.


La foto es la descripción del amor. Costó trabajo.


Al terminar se despidieron de los amables Pablos, con una sensación de agradecimiento infinito. Con sentimientos opuestos Camilo se fumó el último cigarrillo en ese pueblo, quería llegar de nuevo a su casa pero a la ves sentía la necesidad de continuar haciendo periodismo. Sintió descanso en su alma al saber que había hecho algo bueno. Al sentarse en la flota que se disponía a arrancar pasó un grupo de personas persiguiendo un ataúd, era un entierro. Una despedida poco agradable de este pueblo para los cuatro rolos.


Sin importar ser muy indiscreto, Camilo salió por la ventana de la flota a tomar la última foto del lugar.


“Más allá de tres narices hay un mundo gigantesco por descubrir, personas por conocer, diálogos por entablar, verdades que descubrir, amor para dar, amor para recibir, cambios por explorar, regalos para dar, presencias, suspiros, palabras, textos y mucho más… Un trabajo que reafirmó la pasión que puede llegar a sentir una persona que se prepara sabiendo lo que quiere hacer por el resto de su vida”.

Camilo Ramírez Hurtado


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