Cuando las palomas aun temían
Suelo
recordar a menudo, las multitudinarias plazas y plazoletas bogotanas, las más
grandes representaciones de lo que es el legado de la colonización, cuando se
construyeron en pleno centro de la ciudad majestuosas estructuras que hoy
representan nuestro pasado, lugares donde las palomas vuelan hoy en día, como
un inmenso manto glorioso que llena la vista y contagia de libertad.
Dando un
paseo por lugares como estos, recuerdo que en mi niñez, atrapar una paloma era
un hecho casi olímpico, que por cierto nunca conseguí, pues ellas, animales
escurridizos y volátiles, huían ante mi presencia. Nunca dejaron de despertar
mi inquietud.
Hace
poco vi un grupo de palomas que se encontraban comiendo un trozo de pan viejo,
en medio de una avenida muy transitada, de repente pasó un automóvil a una
velocidad considerablemente lenta, y atropello a una de ellas, dejando su ala
herida (dentro de mi ignorancia rota). Entre tanto surgió una inquietud, que me
ha llevado a analizar todas las cosas que han cambiado desde aquellos días en
los que solía perseguir palomas: ¿Por qué las palomas ya no vuelan al verme? ¿Por
qué los niños no disfrutan de la noche de brujas como antes? ¿Por qué les da
pena disfrazarse?, ¿Por qué las navidades son cada vez más solitarias? ¿Por qué
la gente ha dejado la tradición de celebrar eventos familiares en sus propias
casas? ¿Por qué los bogotanos usamos esqueletos y bermudas en una ciudad
supuestamente fría? ¿Por qué los adultos ya no sobornan a los niños con el
coco? Estas son solo algunas inquietudes entre tantas que han surgido desde que
presencie la confianza atrevida y desmesurada del grupo de palomas. Lo único
que se me ocurre es que lo que existió ya no está más, y que el tiempo cambia
junto con la vida que se lleva, dejando atrás las cosas simples.
“dedicado
a todo lo que fue y nunca más será”

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