Algo de mi primer despecho
Con
la mirada baja, y las manos vacías regresa el sin sabor de su ausencia. Una
leve distracción hace que mi mundo tenga por un segundo, una pequeña entrada de
luz, esa luz cegadora que te borra de pronto, y que se va a su misma velocidad.
No hay nada que cambie, no hay nada que afecte, no hay nada que duela, solo tú.
Tú y tu maldita voz que se cuela entre mis oídos para hacerme ver, nuevamente,
que me equivoque, y que por eso, nos perdimos. Maldito miedo, maldito dolor,
malditos suspiros de media noche, maldito frio que recorre el cuerpo seco que
esta sobre mi cama. Las horas son más eternas, y los días menos amarillos, mas
grises y dolientes, y mi mente es un laberinto de espinas, donde no se
encuentra una salida, donde probablemente no la hay. No sé ni que digo, no sé
ni que hago, solo se, que estoy aquí dejándome llevar por la vida, esperando
una palabra, un comentario, una respiración, una señal de tu vida, de tu no
ausencia.
No
sé qué más hacer además de ser yo, el poeta, el soñador, el hombre de corazón
transparente, ese que perdió su aureola cuando el pecado se postro sobre él,
aunque él no lo quisiera así. No sé si hablar o callar, si decir o morir en el
recuerdo en medio de un pasado que nunca existió, en la bruma de lo que nunca
fue, en la burbuja de la esperanza que esta por explotar.
Sé
que quiero algo, pero ese algo no me dice nada, nada en cambio me dice mucho.
Mucho no es tanto, y tanto es demasiado para mí, demasiado no me satisface, y
al estar vacío, regreso al punto donde comencé este acertijo que ni yo puedo
solucionar. Resignarme nunca, perder jamás, llorar menos, simplemente, es la
lucha de intentar no faltar a ese corazón rebelde que batalla contra mi mente,
que no explica nada, que solo es el, ese que me guía por donde nunca quise
haber ido, ese que hizo que mis palabras de rencor y odio, se fueran por la
borda, esa oscura llanura negra que no tiene final, que no está limitada, y a
la que solo me queda dar la espalda y cerrar los ojos por una vez más.
Entran
palabras que me recuerdan que puedo hacer lo que quiera, pero como siempre, me
caigo recordando que nada depende de mí. Es tan simple como ese cuarto oscuro
donde no hay luz, todo es frio, toda esta en la nada. No se ve, no se respira,
no se toca, donde todos saben que lo único que necesita es luz, un bombillo,
algo. Pero el bombillo tampoco está, tampoco se presenta. ¿Comprar uno? No.
Camilo
Ramirez Hurtado
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